Jaime Bayly, El canalla presidencial
Copiamos la colaboración que nos envió por mail Orlando Alonso Mazeyra Guillén.
–¿Sabes si Jorge va a misa todos los domingos? –preguntó
–Ni idea –dijo él.
–Pregúntale, ¿ya? Porque es muy importante que tus amiguitos tengan sus valores morales bien puestos, Joaquincito. Y pregúntale también si reza todos los días.
–¿Por qué tengo que preguntar tantas cosas, mami? No seas metiche, pues.
–Es tu deber de cristiano tratar de salvar las almas de todos tus amiguitos, Joaquín. ¿O no quieres encontrarte con Jorge en el cielo?
–Sí quiero, mami. Claro que quiero. Jorge es súper buena gente.
–Entonces preocúpate por su formación espiritual y trata de enrumbarlo en el camino de la santidad, mi amor.
–Pero si le hablo de esas cosas de religión, de repente le va a fregar y no va a querer mi amigo nunca más, mami.
–No tengas miedo al ridículo, mi cielo. No tengas miedo al qué dirán. Tú eres un líder. Un líder nato. Tú has nacido para ser presidente o cardenal. Y de repente me quedo chica. A veces pienso que hasta el Vaticano no te para nadie, mi Joaquín.Fragmento de No se lo digas a nadie
JAIME BAYLY: EL CANALLA PRESIDENCIAL
«Uno nunca sabe qué nos deparan los caminos del Señor, mi cielo», le dice su madre a Joaquín –el álter ego de Jaime Bayly– casi arrancando No se lo digas a nadie, la primera novela del supuesto candidato presidencial de ese pútrido sancochado que promete ser Cambio Radical, gracias a las viejas mañas del tránsfuga José Barba Caballero (ex Apra, ex Unidad Nacional, ex País Posible, ex Renovación y, dentro de algunos años, ex Cambio Radical).
A Bayly, en el fondo, le queda bien el papel de político, pues no le resulta un territorio ajeno: sus primeros pininos en la caja boba los hizo precisamente comentando comicios ediles, a mediados de los ochentas, cuando ya su madre le auguraba el sillón de Pizarro o, en todo caso, el de Cipriani. Desde su vereda, es fácil pulsear la contienda electoral en ciernes, recurriendo a su consabida pirotecnia verbal plagada de ironías, provocaciones e irreverencias de cuarentón que se resiste a dejar de ser el «niño terrible», cuando en realidad apenas mete la punta del pie en la piscina electoral, para sentir con la uña la temperatura del agua, evitando así zambullirse, como correspondería si su deseo de cambiar al Perú, sucediendo a García el próximo año, fuera desinteresado y diáfano, y no una patraña más de un «canalla sentimental».
Bayly tiene todo un año para burlarse de los políticos, pero –y esto es lo más engorroso– también para mofarse de los mismos peruanos (sus potenciales electores). En primer lugar: eso da rating y eso sí le importa sobremanera; en segundo, si las encuestas le empiezan a dar la mano (como aparentemente está ocurriendo en la capital), él ya podría especular con una futura renuncia a su programa dominical El Francotirador.
Entonces Bayly quiere ir sobre seguro. Por suerte, en política nunca se puede dar nada por descontado (es por eso que tiene hasta dentro de un año para bajarse del tren y seguir en lo suyo: escribir novelas y hacer entrevistas). Lo cierto es que al escritor limeño sólo le interesa su billetera: dice tener el hígado y el cuerpo fatigados, pero, pudiendo hacerlo, no se exime de una ola interminable de viajes y apariciones en televisión, repartiéndose, ahora, entre Colombia y nuestro país, porque su ambición es lo primero en su lista de prioridades. Y está en su pleno derecho.
¿Se le puede criticar a alguien por ser trabajador? De ninguna manera. Pero lo que menos le interesa a Bayly es trabajar por los demás.
El hecho de compartir sus propuestas, no lo hace presidenciable ni nada parecido. Simplemente que despabila a nuestra deteriorada clase política para que empiece a meterse en la candela de una vez por todas. Apoyar el matrimonio entre homosexuales y lesbianas sería un importante salto al primer mundo, como lo sería transformarnos en un estado laico que deje de subvencionar a una religión que cada vez tiene menos adeptos. Los temas más delicados, sin duda, son la legalización del aborto y de las drogas. Como sociedad todavía no estamos preparados para medidas que pueden convertir la libertad en libertinaje, sin embargo, es hora de empezar a abrir la puerta.
Digámoslo de una buena vez: Bayly es un gran entrevistador cuando le da la gana, y un experto en la producción de novelas livianas que aparecen anualmente y se venden como pan caliente. Pero de estadista no tiene un ápice, es más, hay aspectos que tenemos que tomar en consideración y cito un artículo aparecido en la edición 2115 de Caretas: «Adicción a las pastillas para dormir, deseos suicidas, problemas de impotencia, obsesión con el desprecio de Mario Vargas Llosa y profundos odios familiares pincelan un personaje depresivo, neurótico, autorreferencial y solitario. El supuesto déficit de litio que le achacaba a Alan García quedaría como una ligera migraña frente a la “masiva cantidad de psicotrópicos” que ingiere según su propia admisión». Hay que poner énfasis en la obsesión con Vargas Llosa, sobre todo desde la vez en que el autor de La casa verde lo llamó payaso. Es una herida que no cierra pues, Bayly –que, con sus novelas, siempre quiso ser el sucesor de Vargas Llosa; y que, en la televisión, casi siempre resulta siendo eso: un payaso– ha encontrado la única manera de poder vencerlo (o persistir en su loco afán de emularlo). Es decir, triunfando en donde el novelista arequipeño fracasó rotundamente: la política.
En resumidas cuentas, la latente candidatura de Bayly es una bufonada, una telenovela que seguramente quedará documentada en sus próximos proyectos literarios. ¿Cumplirle el sueño a su mamá? La pregunta parece una broma pesada cuando sabemos que estamos hablando de un individuo que, sin querer queriendo, tal vez supo tomar nota de algunos de los consejos de su progenitora («no tengas miedo al ridículo, mi cielo»), un «canalla presidencial», que es capaz de desplegar, por todo Lima, publicidad con su apellido cambiado para meter chacota o para que por fin lo tomen en serio como sucedió con Susy Díaz cuando se le ocurrió pintarse el trece en una de sus nalgas. Bayly, Bayle o Baylys, son apenas tres de las múltiples caras de un embaucador profesional (en esto sí se parece, hasta el hedor, a nuestra devaluada y raquítica clase política que, al lado de Humala y Keiko, puede terminar considerándolo «el mal menor»).








