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Cuento: Todo Comenzó en la Universidad

Publicado por Diego De la Cruz

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Orlando Mazeyra Guillén ya compartió con nosotros el cuento Ganas de Tí, ahora nos deja otro aporte:

te envío como colaboración un fragmento de “TODO COMENZÓ EN LA UNIVERSIDAD”, incluido en mi libro “URGENTE: Necesito un retazo de felicidad”
Un abrazo, Orlando

Poco o nada me interesa saber lo que los demás piensan acerca de mi persona. Pero, tengo que dejar en claro que si no me preocupa en lo más mínimo la  truculenta imagen que de seguro millones de peruanos se han formado de mí, no es porque peque de insolente o idiota; lo que pasa es que esa imagen, aparte de falaz, es deleznable. Me explico: a todos aquellos que hoy, luego de verse invadidos por ese sano y hasta plausible deseo de justicia, desean que la policía me capture —y que, posteriormente, la justicia me condene a la aleccionadora pena de la cadena perpetua—, les pasará algo inevitable: ¡se olvidarán!, ¡muy pronto se olvidarán de mí y del horrendo crimen que cometí! Es cierto, tendré que esperar días, semanas o tal vez un par de meses, pero no más. Después mi vida retomará su curso normal: me pondré al día en la universidad, pasaré los fines de semana con mi familia en nuestro confortable chalet de Chosica, y podré pasearme a mis anchas por cualquier calle, plaza o jirón de la ciudad… Y lo de ayer, pasará a ser un mal recuerdo que, con todas mis fuerzas, procuraré defenestrar de mi cabeza.

No ha sido mi intención, pero es muy previsible que el lector de este folletín se haya podido exaltar o al menos incomodar después de terminar de leer el anterior párrafo —en el mejor de los casos, pensará: «¡pero qué tipo tan descarado y optimista!»; y en el peor, tal vez la gran repulsión que le generará mi desaforado modo de ver las cosas, le invitará a proferir palabras impresentables antes de hacer algo muy recomendable:  dejar de leer este relato—, y comprendo (e inclusive comparto plenamente) su incomodidad. Lo que pasa es que esto está asociado a una especie de ley perenne que rige sobre todos los seres humanos: la realidad incomoda, seamos pobres o ricos, buenos o malos, creyentes o ateos: ¡siempre la realidad tiene que punzarnos, hacernos sentir insatisfechos!  El paraíso no existe, y es esa necesaria cuota de incomodidad que embadurna la vida de todos los hombres,  la que nos permite seguir vivos. Porque, ¿qué sería de nuestras vidas si en ellas estuvieran ausentes todas aquellas cosas que nos incomodan? La palabra sueño perdería todo sentido, ya no habría nada por qué luchar… el día a día no valdría la pena.

No sé si es poco ético —pero sí es muy útil— el traer a colación algo que pasó con mi compañero de clase M. R.: él, en las postrimerías del último verano, atropelló y a la postre mató a un humilde tipo. Todas las madrugadas de los domingos, él participaba, piloteando un rugiente BMW plateado, en los famosos concursos de piques. Un día de ésos, se le fue la mano —mucha cocaína y demasiada velocidad—, y atropelló al joven arquero de un equipo de segunda división del Callao. Su foto salió en la portada de algunos diarios. Recuerdo que un pasquín tituló: «Hijo de famoso empresario aspira más de la cuenta y aplasta a pelotero chalaco». La primera semana los diarios dijeron que el autor del crimen estaba en la clandestinidad y que la policía lo buscaba infatigablemente. La segunda semana un par diarios poco serios indicaron que se había fugado a Chile, y a la tercera semana ya nadie se acordaba del hijo del famoso empresario…

Cuando se cumplió un poco más de un mes de aquel trágico suceso automovilístico, él se apareció, muy campante, en la universidad. Tengo grabado con fuego lo primero que nos dijo, sin vacilar un solo instante:

—Sólo Dios y yo sabemos que no tuve la culpa. Además, un cholo menos en este país ¡qué mierda importa!

Nosotros le preguntamos lo más obvio que se nos vino a la cabeza: ¿te van a meter preso?, ¿vas a abandonar la universidad?, ¿es cierto que estuviste en Chile?, ¿te vas a ir del país?

Él comprimió magistralmente todas las posibles respuestas, en una sola:

—Nunca me fui del país y no tengo por qué irme —nos dijo, resoluto, y luego añadió con un acento bañado por la vanidad—: Mi viejo ya arregló todo lo que se tenía que arreglar con la family del muerto. Son gente recontramisia… Les hemos metido unos buenos fajos de billetes en la boca, para que se queden callados y se olviden para siempre de su arquerito,  que aparte de no saber tapar tampoco sabía cruzar la pista.

En ese instante muchos sonreímos con él. Una semana después M. R. sonrió mucho más, porque a su papá lo nombraron ministro. Qué duda cabe, la vida se empecinaba en arropar a toda su familia.

Hoy, amparado en la cercana historia de mi compañero, espero evitar el castigo que por mi imperdonable falta me merezco. Hoy más que nunca he comprendido que es muy fácil criticar desde afuera, pero cuando uno está dentro del ruedo (y lo vive en carne propia) el panorama cambia radicalmente. Sí, porque cuando uno se ve envuelto en un trance tan difícil como éste, en lo que menos piensa es en la justicia, la ética o la Madre Teresa de Calcuta… Desde el mismo instante en que tomé plena conciencia de que había cegado la vida de una persona, comprendí con soberbia intensidad a todos los criminales del planeta: a veces uno no lo quiere hacer, pero inevitablemente sucede… Lo que más me va a importar de hoy en adelante es defender mi libertad con uñas y dientes, todo lo demás será meramente accesorio. En más de una ocasión escuché a mi abuelo Pascual decir que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde; yo, en el mismo  instante en que escribo estas insufribles y pálidas líneas, tengo tanto la obligación como el derecho de agregarle algo: uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde (o hasta que, como yo, está a un tris  de perderlo).

Presiento que me he alargado más de la cuenta en esta parte introductoria (de repente lo he hecho por temor a narrar lo más importante, o por algo que voy a confesar más adelante, ¡no lo sé!). Pero antes de relatar, paso a paso, cómo transcurrió el día de ayer, debo conminar al amigo lector a que tome una decisión; hay dos caminos posibles: el primero y menos problemático, abandonar esta lectura en este mismo instante; el segundo y poco salubre, deambular su vista en las siguientes líneas con la condición expresa de que no podrá detenerse hasta llegar hasta el punto final. Alguien se preguntará: «¿y cómo cree que hará este pobre diablo para verificar que el lector cumpla al pie de la letra alguno de los caminos trazados?» La respuesta es sencilla, recurriré a lo que tengo más a la mano: ¡la confianza! Confío abiertamente en el lector y espero que él, en una muestra de reciprocidad, también confíe en la veracidad de mi relato. Ahora la pelota está rodando en su cancha, párela, písela suavemente, tómese su debido tiempo y decida con la cabeza fría si se va a exonerar o no del contenido de las siguientes oraciones, ¿de acuerdo?

Bueno, si ya llegó a esta línea, significa que usted me devolvió el pase. De ahora en más la pelota será sólo mía y ya no puede dar marcha atrás. Éste es el momento en el que debo confesarle que lo que menos busco es su conmiseración; y para que no quepan dudas al respecto, confesaré algo que no me duele aceptar (porque muchos lo son en secreto, pero se niegan a aceptarlo delante de los demás): ¡soy racista! Así como el azul es distinto al rojo, ¡el blanco es distinto del negro!; así como el madrileño es distinto al vasco, el limeño es distinto al arequipeño. Nunca un blanco será igual a un negro, ni un costeño será igual a un serrano. En el mundo todo está estratificado, cada uno sabe —de acuerdo a su nacionalidad, localidad de origen, clase social, color de piel, etcétera— en qué parte de la vasta pirámide se encuentra. Aclarado este punto clave, sólo me queda decir que no quise matar al negro (pero no me arrepiento de haberlo hecho). Y no sé por qué lo maté, lo único que a estas alturas sé es que si hay un culpable, ése es N. Q. ¿A quién le pertenecen estas iniciales? A uno de los tantos tipejos que, con tozuda insistencia, se niegan a aceptar que en el mundo hay estratos y,  que en consecuencia, hay seres superiores e inferiores. Si alguna vez en mi vida quise matar a alguien, ése fue N. Q. (y no descarto que algún día me anime a hacerlo).

Lo que viene a continuación, no hace más que confirmar que lo que nos espera a la vuelta de la esquina será siempre imprevisible. Basado en mi experiencia personal, puedo dar fe de que el porvenir tiene una naturaleza demasiado escurridiza y, además, está preñado de increíbles zigzags que hacen que todas nuestras acciones (¡hasta las más simples y cotidianas!) transcurran siempre sobre la estrecha línea que separa el bien del mal… Poco antes de cometer mi crimen alguien me dijo que en cada instante de nuestras vidas nosotros decidimos si queremos ser dioses o diablos… Ayer yo decidí ser diablo por unos contados segundos, y no lo hice nada mal.

DOS

HACE más de media centuria, en alguna misérrima población de las melancólicas  alturas que dibujan el accidentado retrato del departamento de Ayacucho, sus humildes padres tomaron la decisión de bautizarlo con un suntuoso e incitante nombre: ¡Napoleón!

Pero, yo que lo conozco desde hace no menos de tres años, tengo que ser bastante franco en afirmar que siempre me resultó poco placentero (y sobre todo exageradamente descabellado) el siquiera pretender vincular en lo más ínfimo a este Napoleón andino con aquel célebre y minúsculo emperador galo que, en sus incontables días de gloria superlativa, hizo que el continente europeo retemblara de cabo a rabo.

El Napoleón al que yo veo y escucho casi todos los días de la semana, no pertenece —¡ya lo quisiera él!— a la archifamosa dinastía de los Bonaparte. Su apellido es más bien de notoria raigambre plebeya: Quispe. Sí, Quispe, que tal vez es el apellido más ordinario y despreciado del país; pues todo aquel limeño que se considere decente (y bien nacido), aprende desde muy párvulo, que Quispe es sinónimo de «cholo analfabeto» o de «serranito mugriento». Y Napoleón Quispe a pesar de ser un tipo honesto, muy leído e impecable en su vestimenta, es, al fin y al cabo, un serranito común y corriente… un cholito bastante aparatoso y acomplejado.

Su bendita biografía me la sé de paporreta, porque él siempre encuentra o fabrica una nueva oportunidad para excitarse repitiéndola —y agregándole de paso, un infaltable y personalísimo condimento— con notable emoción y exagerado orgullo: hace muchos años, cuando él todavía era un imberbe que vestía un chullo en la cabeza y unas mugrientas ojotas en los pies, decidió dejar definitivamente de formar parte de ese desdichado y numeroso clan que conforman todos esos cholitos insípidos y ágrafos que se quedan en su fría puna trepando cerros escarpados, arando la maltratada tierra o tejiendo llamativos ponchos multicolores. Él ahora ha pasado a convertirse en un ilustre socio  de ese vasto club que agrupa a esos serranitos aventureros que —luego de bajar del ande— se han hecho, a punta de menudos sacrificios, un lugar en esta avejentada, procelosa y horrible capital.

«Soy un cholo perseverante como todos los ayacuchanos de pura cepa»,  es la nefasta letanía con la que se autodefine y vanagloria en forma cotidiana; pero no hace falta que nos recuerde (como disco rayado) que él es un cholo, porque su inconfundible aspecto lo delata a leguas: piel cobriza, la típica nariz fracturada de los andinos, ojos tristes y sobrecogedoramente desconfiados. Sin ápice de duda, todo aquel que lo vea o escuche se convencerá de que es un cholo perfecto: ¡un inca legítimo!

Napoleón Emiliano Quispe Yucra. Esas cuatro palabras  se cohesionan, se apoyan entre ellas y forman el nombre que aparece, subrayado, en todas las separatas de mi locuaz y esmirriado profesor que está a cargo de ese soporífero curso universitario llamado «Realidad Nacional». Nosotros —sus alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la universidad de Lima— le decimos sarcásticamente «mister Quispe», o simplemente «don Napo». Él, aparte de pedagogo, es periodista (como casi todos los profesores de nuestra Facultad). Trabaja desde hace más de treinta años, como conductor del sintonizado noticiero matutino de Radioprogramas del Perú: «Desayunando con Napoleón». Y tiene también  una afamada columna —llamada «Pandemonio Político»— que aparece los todos los domingos en la mitad inferior de la penúltima página del diario El Comercio.

Ayer, en la clase que dictó a media mañana, nos habló sin cortapisas de la discriminación racial: sus «malditas causas» y sus «nefastas consecuencias». Nos dijo, casi gritando y con los ojos desorbitados, que nuestro país cuenta con dos vergonzosos atributos: la perniciosa frivolidad y el embrutecedor racismo. «Resulta siendo una salvaje mezcla —afirmó, notoriamente apesadumbrado y con un desaliento conmovedor—. El racismo y la frivolidad caminan de la mano, se abrazan y procrean más odios y resentimientos en este indescifrable país. Racismo y frivolidad: horrorosos componentes de ese cóctel suicida que los peruanos bebemos desbocadamente… Bebida, tan irresistible como maléfica, que nos empalaga y barbariza…»

Como en todas sus clases, yo lo escuché prestándole una moderada atención y tomando breves e intermitentes notas de algunos de sus pintorescos comentarios. Para mí era otro día común y corriente en el que, muy a mi pesar,  tenía que someter a mis oídos a otro exaltado discurso acerca de nuestra vergonzosa «Realidad Nacional». Es por eso que cuando don Napo apenas había empezado a regurgitar las primeras sentencias de su encendida perorata, ya me había animado a pronosticar que ésa iba resultar siendo más aburrida que la elocución de la anterior clase, en la que había hablado de otro tema capital: la tan mentada deuda externa.

Pero, repentinamente, todo cambió al final de la clase. Cuando el tibio ambiente de la espaciosa aula de color verde terroso se vio invadido por los acompasados y ruidosos pitidos del timbre electrónico que señalaba que la clase había culminado, tapé mi lapicero y, en el mismo instante en el que me aprestaba a introducir mi pequeño cuaderno de apuntes y mi lapicero en las oscuras entrañas de mi raída mochila de cuero, el día dejó de ser normal… Y pasó a ser un día tan agobiante como inolvidable.

—Señor Echenique, por favor, póngase de pie —me dijo don Napo, señalándome con el acusador dedo índice de su arrugada mano derecha—. Antes de retirarme, quiero hacerle una pregunta que, tal vez, lo puede sofocar un poquito.

Fue algo inevitable: sus palabras me pusieron bastante nervioso; me paré lentamente y empecé a apretar la tapa de mi lapicero con los dedos de mi mano izquierda. Él me miraba con invencible firmeza y yo trataba de no rehuir a esa mirada afilada que me alteraba los ánimos por completo. Huelga decir que todos mis compañeros presenciaban con mucha atención la peculiar escena que protagonizábamos mister Quispe y yo. Mientras esperaba que me formule la temida pregunta, alcancé a sentir algunos murmullos que provenían de los ocupantes de las últimas carpetas, y esto no hizo más que incrementar mi desasosiego.

—Ante todo, quiero que sea sincero —habló por fin, utilizando un timbre de voz que venía acompañado de cierta desconfianza. Y, mientras sacaba un pañuelo de color marfil del bolsillo trasero de su opaco pantalón, continuó—: A nosotros nos puede mentir fácilmente, pero hay una cosa que jamás podrá hacer: engañar a su conciencia. Así que, dígame con la mano en el pecho y delante de todos sus compañeros: ¿es usted racista?

La pregunta me cayó como un baldazo de agua fría. Fue algo tan inesperado y doloroso como la filuda punta de un puñal que penetra iracundamente por la espalda… fue un golpe bajo… un soberbio y espeso escupitajo  que humedeció toda mi frente. En milésimas de segundos mi cabeza se vio azotada por inatajables ráfagas de preguntas sin respuesta: ¿por qué rayos me eligió a mí?, ¿acaso el cholo Quispe sabía leer la mente de los demás?, ¿era yo el único racista del aula?, ¿le había dado, sin querer, alguna muestra de la inmensa repulsión que le guardo a los cholos? Me quedé petrificado, tieso como esas variopintas estatuas divinas que ornamentan casi todos los mausoleos del presbítero Matías Maestro… De un momento a otro, y sin saber por qué, intenté encontrar una respuesta salvadora en la arrebatada faz de don Napo; y, cuando ausculté la inusual mueca que se dibujaba en toda su cara, comprendí que ese arrugado rostro reflejaba tácitamente muchas cosas, y todas ellas eran negativas: odio inconfesable, rabia  contenida, ingentes deseos de revancha.

Hasta ahora no sé bien cómo lo hice, pero tomé algo del valor que aún aleteaba caóticamente en mi claudicante interior:

—¡No! —le respondí tratando de aparentar entereza; pero, en realidad, me temblaban las piernas—. Don Napo: usted me ofende con esa infeliz pregunta. Yo creo que el racismo es lo peor que puede existir no sólo en el país, sino en toda la raza humana, y estoy seguro que si queremos llegar a ser verdaderos periodistas debemos liberarnos de todo tipo de prejuicio y discriminación. ¿Racista yo? Nunca. Debo tener muchos defectos, pero ése, sin duda, no es uno los que se me pueda atribuir. Ojalá esto le haya quedado bien claro.

Al terminar de emitir mi respuesta aclaratoria me sentí reivindicado, el piso ya no se me movía como antes (cuando no tenía ninguna respuesta a la vista). Y es que no me había dejado derrotar por esa malintencionada pregunta. «¡Le gané el duelo!», pensé con ánimos renovados. Pero lo cierto es que canté victoria antes de tiempo porque, mientras respiraba aliviado y mi pulso retomaba su intervalo regular, ya se empezaba a gestar una furibunda e insospechada réplica:

—¿Te puedo pedir una sola cosa? —me dijo con un acento que reflejaba un desembozado desprecio hacia todo lo que yo acababa de afirmar—. Sácate la careta: no te creo y estoy absolutamente convencido de que ninguno de tus compañeros te ha creído… No quiero que te sientas mal, pero yo no soy hipócrita y me siento en la imperiosa necesidad de decirte que vas por muy mal camino. Lamentablemente este país está plagado de gente infame como tú… y… como dice esa vieja canción que tanto me gusta: «Cholo soy y no me compadezcas».

Me vapuleó delante de todos mis compañeros. No me creyó nada de lo que le dije. El aula se vio sumida en un silencio fúnebre y los rostros absortos de algunos de mis compañeros le imprimían un semblante más tétrico aún al magro suceso. Yo no supe qué agregar (o refutar), ¡me quedé afásico!, y no alcancé a decir nada más. Él, como si nada fuera de lo común hubiera pasado, guardó con irritante parsimonia el pañuelo con el que se acababa de enjugar la frente, después tomó su cartapacio y salió raudamente del aula advirtiendo que en la siguiente clase la asistencia era obligatoria porque había control de lectura.
Lo odié con la fibra más íntima de mi ser, le deseé todas las desventuras que el ser humano más pérfido del planeta le puede desear a su peor enemigo. Pero, si lo odié con tanta desmesura, fue porque él tuvo toda la razón: ¡mentí!, ¡traté de engañarlo!, pero no se comió ni una sola palabra de mi farsa barata.

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