MIS ÚLTIMAS MENTIRAS. Por: Jorge Luis Ortiz Delgado
| Publicado por: Francisco Malaga Uno de los fundadores y administradores de Siete Esquinas. Lo puedes contactar, intimidar y amenazar en: siete-esquinas@hotmail.com |
Intro de sieteesquinas.com:Jorge Luís no cuenta esta vez de esas mentiras que uno debe decir por quedar bien y de las verdades que son mejor callar. No sin hacernos dar cuenta que finalmente tampoco hacemos lo que queremos; ¿alguien dijo de pequeño que sería atleta y a terminado en una oficina lleno de papeles?, ¿o talvéz Ud. piensa que es banquero porque trabaja en un banco?
MIS ÚLTIMAS MENTIRAS
Jorge Luis Ortiz Delgado
Ricardo me llama al trabajo agitado, avivado por una propuesta insólita. Me dice que está feliz pero confundido (o felizmente confundido) porque es la mamá de su nueva novia (su potencial suegrita) la que, en alegre complicidad con su hija, lo ha invitado a mudarse con ellas para una grata convivencia. Le digo que me alegro por él, que aunque con cierta pena lamento no haber hecho realidad el trato de mudarnos juntos a otro departamento para pasar nuestros días de nueva soltería en coexistencia heterosexual, me regocija oírlo y sentirlo lleno de esperanza, y que es una decisión saludable y seguramente prometedora. Mentira. Creo que Ricardo se ha puesto la soga al cuello y terminará ahorcado como aquellos bandoleros que son ejecutados últimamente en México por ajuste de cuentas, con los testículos en la boca, por haber aceptado una propuesta tan sospechosamente cariñosa y desprendida como la de su suegra; sospechosa en cualquier suegra, en realidad.
Viviana, la ex de Ricardo, me llama para que le pida a él cancelar algunas deudas pendientes contraídas durante aquella historia de amor. Le digo que no se preocupe, que sin mayor demora le avisaré a Ricardo para que se las resuelva y que su pedido es justo, prudente y necesario. Mentira. Creo que las “deudas” (que en su momento fueron regalos o actos de nobleza desmedida) no son tales cuando son gestadas en medio del amor y el altruismo mutuo de dos personas que se prodigan, alguna vez, ternura y afecto invaluable (a pesar que el destino les haya deparado caminos distintos producto de las emociones cambiantes propias de la naturaleza humana). Saldar cuentas económicas nunca es elegante ni decoroso cuando éstas se generan, casi, con mística obnubilación por el otro.
César, quizá mi único y persistente amigo fuera de los límites de este país (lleno de amigos perdidos), exiliado en Estados Unidos desde hace ya cinco años, me escribe preguntándome sobre mi vida después del amor, si es que algún pensamiento o imagen repentina de la madre de mi hija distrae mi atención en la rutina de estos meses de separación. Le respondo que no, que el trabajo absorbe toda mi energía, que mi vida se ha reducido a observar y analizar estados financieros y a disponer de enormes cantidades de dinero –que sin ser mío debo suponer que lo es para prestarlo– y que lo único que llena mi cabeza después de cada jornada asfixiante, rodeada de cálculos y reportes crediticios, es el anhelo de despojarme de la corbata y encontrar la cama abierta para vengarme del trabajo aplastante con un sueño infinito. Sin embargo, el hecho que desmiente esta respuesta, explicada muy minuciosamente a César en el correo, se da cada mañana que despierto erecto y abstraído luego de deleitarme con alucinaciones eróticas, imponentes en la consumación del acto amatorio, rodeado ya no de reportes ni de números sino de goce, piel canela y aturdimiento cuando recuerdo, al alba, el rostro de mi onírica amante.
Ricardo y Viviana me escriben, en fechas distintas pero con las mismas intenciones. Quieren que deje de escribir estas crónicas, que a pesar de tener a protagonistas ficticios en ellas, se sienten muy identificados con las historias y los detalles contados. Me piden que si lo hago al menos no las publique en el semanario ni por Internet porque no quieren exponer su intimidad y que no tengo derecho a hacerlo, que si escribo mejor lo haga de mí mismo. Les respondo que no hay por qué perturbarse, que mis textos son meros artilugios de distensión personal y que si no escribo sobre mí es porque mi vida me parece aburrida y sin hechos dignos de contarse en una crónica. Pero que si esto les causa alguna incomodidad o fastidio dejaré de hacerlo en honor a nuestra amistad. Por supuesto, no hace falta decir que, en esto último, también he mentido.
Arequipa, 30 de noviembre de 2009



