Posts Tagged ‘Cuentos’

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS. Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

Posted in Contenido General on Diciembre 2nd, 2009 by Francisco Malaga – Be the first to comment
2nd Diciembre 2009

Publicado por: Francisco Malaga Uno de los fundadores y administradores de Siete Esquinas. Lo puedes contactar, intimidar y amenazar en: siete-esquinas@hotmail.com

trabajo2

Intro de sieteesquinas.com:Jorge Luís no cuenta esta vez de esas mentiras que uno debe decir por quedar bien y de las verdades que son mejor callar. No sin hacernos dar cuenta que finalmente tampoco hacemos lo que queremos; ¿alguien dijo de pequeño que sería atleta y a terminado en una oficina lleno de papeles?, ¿o talvéz Ud. piensa que es banquero porque trabaja en un banco?

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS

Jorge Luis Ortiz Delgado

Ricardo me llama al trabajo agitado, avivado por una propuesta insólita. Me dice que está feliz pero confundido (o felizmente confundido) porque es la mamá de su nueva novia (su potencial suegrita) la que, en alegre complicidad con su hija, lo ha invitado a mudarse con ellas para una grata convivencia. Le digo que me alegro por él, que aunque con cierta pena lamento no haber hecho realidad el trato de mudarnos juntos a otro departamento para pasar nuestros días de nueva soltería en coexistencia heterosexual, me regocija oírlo y sentirlo lleno de esperanza, y que es una decisión saludable y seguramente prometedora. Mentira. Creo que Ricardo se ha puesto la soga al cuello y terminará ahorcado como aquellos bandoleros que son ejecutados últimamente en México por ajuste de cuentas, con los testículos en la boca, por haber aceptado una propuesta tan sospechosamente cariñosa y desprendida como la de su suegra; sospechosa en cualquier suegra, en realidad.

Viviana, la ex de Ricardo, me llama para que le pida a él cancelar algunas deudas pendientes contraídas durante aquella historia de amor. Le digo que no se preocupe, que sin mayor demora le avisaré a Ricardo para que se las resuelva y que su pedido es justo, prudente y necesario. Mentira. Creo que las “deudas” (que en su momento fueron regalos o actos de nobleza desmedida) no son tales cuando son gestadas en medio del amor y el altruismo mutuo de dos personas que se prodigan, alguna vez, ternura y afecto invaluable (a pesar que el destino les haya deparado caminos distintos producto de las emociones cambiantes propias de la naturaleza humana). Saldar cuentas económicas nunca es elegante ni decoroso cuando éstas se generan, casi, con mística obnubilación por el otro.

César, quizá mi único y persistente amigo fuera de los límites de este país (lleno de amigos perdidos), exiliado en Estados Unidos desde hace ya cinco años, me escribe preguntándome sobre mi vida después del amor, si es que algún pensamiento o imagen repentina de la madre de mi hija distrae mi atención en la rutina de estos meses de separación. Le respondo que no, que el trabajo absorbe toda mi energía, que mi vida se ha reducido a observar y analizar estados financieros y a disponer de enormes cantidades de dinero –que sin ser mío debo suponer que lo es para prestarlo– y que lo único que llena mi cabeza después de cada jornada asfixiante, rodeada de cálculos y reportes crediticios, es el anhelo de despojarme de la corbata y encontrar la cama abierta para vengarme del trabajo aplastante con un sueño infinito. Sin embargo, el hecho que desmiente esta respuesta, explicada muy minuciosamente a César en el correo, se da cada mañana que despierto erecto y abstraído luego de deleitarme con alucinaciones eróticas, imponentes en la consumación del acto amatorio, rodeado ya no de reportes ni de números sino de goce, piel canela y aturdimiento cuando recuerdo, al alba, el rostro de mi onírica amante.

Ricardo y Viviana me escriben, en fechas distintas pero con las mismas intenciones. Quieren que deje de escribir estas crónicas, que a pesar de tener a protagonistas ficticios en ellas, se sienten muy identificados con las historias y los detalles contados. Me piden que si lo hago al menos no las publique en el semanario ni por Internet porque no quieren exponer su intimidad y que no tengo derecho a hacerlo, que si escribo mejor lo haga de mí mismo. Les respondo que no hay por qué perturbarse, que mis textos son meros artilugios de distensión personal y que si no escribo sobre mí es porque mi vida me parece aburrida y sin hechos dignos de contarse en una crónica. Pero que si esto les causa alguna incomodidad o fastidio dejaré de hacerlo en honor a nuestra amistad. Por supuesto, no hace falta decir que, en esto último, también he mentido.

Arequipa, 30 de noviembre de 2009

Los otros ojos – Por Orlando Mazeyra Guillén

Posted in Contenido General on Noviembre 4th, 2009 by Francisco Malaga – Be the first to comment
4th Noviembre 2009

Publicado por: Francisco Malaga Uno de los fundadores y administradores de Siete Esquinas. Lo puedes contactar, intimidar y amenazar en: siete-esquinas@hotmail.com

Plano_Tur_Arequipa

“No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”

Andrés Calamaro

“¿Qué te pasa, ah? No camines tan a prisa”, pensó Ismael Gallo desacelerando el paso, “tienes que disimularlo bien, despacio, para que no lo noten: con el pecho frío y la sangre de pato; ahora es cuando no puedes parecer ansioso”.

Él no tenía tiempo ni ánimos para notarlo, pues estaba recogido en esa vorágine malhadada que era su propia intimidad, pero la calle San José lucía casi desierta, apagada; parecía feriado o esos domingos por la tarde en que sólo las gentes sin vida y sin familia matan el tiempo deambulando por el centro histórico de la ciudad. “¡Ya sé! Mejor primero me compro algún libro para relajarme”, concluyó, y entró a la librería Aquelarre a revisar las novedades. Se encontró con libros de Francisco Umbral, Pamuk, Cortázar, Mario Levrero y Bryce. Como nunca antes Aquelarre prometía lecturas de bandera: el anaquel de Anagrama repleto y el de Tusquets también. Alfaguara, Planeta, Seix Barral y Bruguera terminaban de atiborrar el recinto.

—¿Me consiguió El escritor y sus fantasmas, señor Ramírez? —le preguntó al librero sin dirigirle la atención.

—Ah —bostezó el anciano con cierto descontento, como si lo acabaran de despertar malamente de un plácido sueño—, Hice el pedido pero no me ha llegado todavía… Y tú, ¿estás escribiendo algo?

—Sí y no…

—Y ¿cómo es eso?

—Tengo una historia pero, por ahora, la escribo mentalmente.

—En conclusión: estás en nada.

—No es eso —repuso—. Lo que pasa es que es un ajuste de cuentas.

—Escribir por venganza es algo que yo nunca te recomendaría, Ismael.

—Lo sé perfectamente, señor Ramírez.

—Pero… soy muy curioso…

—Eso también lo sé —afirmó Ismael sorteando una leve incomodidad.

—Así que debo preguntarte de qué va la historia.

—Es simple, nada fuera de lo común, algo trillado.

—Te escucho.

—Quiero contar la historia de una óptica de cualquier ciudad, comarca o país, una óptica cualquiera. Para efectos de mi relato esta tienda de anteojos estaría ubicada, digamos, en la calle Peral.

—O sea, a media cuadra de aquí, a la vuelta nomás.

—Podría ser. Los tenderos son dos personajes idénticos: zánganos, ignorantes y bastante afeminados.

—Y seguramente miopes como yo —añadió el anciano acomodándose las gafas—, por lo tanto también usarían anteojos para hacerle honor al negocio, ¿verdad?

—¡Por supuesto! —exclamó Ismael—. Además, me parece que siendo tan iguales, uno hasta podría creer que son…

—¡Mellizos! —apuntaló Ramírez festejando el arranque de la historia—. Los mellizos Ormachea. Me estás hablando de la óptica Ormachea y no se diga más.

—¿Usted cree? —inquirió sarcástico Ismael y haciéndose el sorprendido.

—¿Qué problema has tenido con esos pobres diablos?

—Los acabo de matar.

Para leer el final decuento clic aquí

LAS MALAS ELECCIONES (una anécdota impúdica no apta para señoritas) – Texto de Orlando Mazeyra, colaborador

Posted in Contenido General on Octubre 28th, 2009 by Francisco Malaga – Be the first to comment
28th Octubre 2009

Publicado por: Francisco Malaga Uno de los fundadores y administradores de Siete Esquinas. Lo puedes contactar, intimidar y amenazar en: siete-esquinas@hotmail.com

LAS MALAS ELECCIONES
(una anécdota impúdica no apta para señoritas)

A mi amigo Martín,

que me contó esta historia

desde algún rincón de la selva…

¿Sabes qué? Ayer me pasó algo muy curioso.

Desde hace unos meses vengo explorando los encantos de la selva peruana. Así pospongo antojadizamente mi retorno definitivo a Milán, a donde volveré para ganarme los frijoles que el Perú me niega desde siempre (los mismos frijoles que Italia me dio ilegalmente para, ahora, disfrutar de estos días de calor en todas sus acepciones; y si de acepciones se trata, la patria de Berlusconi, ¡oh sí!, me dio pasta en todas sus variantes).

No viene a cuento, pero igual lo diré: a medida que siento que este periplo va llegando a su fin, tomo conciencia de que lo único que me puedo llevar de mi país radica precisamente en los recuerdos que, como un rompecabezas vital, voy armando con este viaje que empezó en Tacna y promete terminar en Punta Sal o quizá en la frontera con Ecuador. Que el azar lo decida.

Anoche, supuestamente iba a salir a bailar con una profesora de la selva moyobambina que conocí en una pequeña tienda de libros y souvenirs eróticos que me llenaron de malos pensamientos. Digo “salir”… salir a conversar, a tomar un café o a algo parecido. Creí que habíamos quedado para salir los dos, a conocernos un poco; pero ella se apareció con una tipa de unos veinte años que ––después lo supe–– se llamaba como mi ex enamorada. Yunely no se lo esperó mucho para aclararme que había traído a Gabriela porque su coqueta amiga seguramente se encontraría con su novio; o sea, terminaríamos saliendo de a cuatro… sin necesidad de terminar armando un cuarteto… ¡Esa vieja fantasía que me persigue desde que, con mi hermano y dos de sus amigas, probamos el San Pedrito en la Punta de Bombón!

Caímos, pues, los tres en una discoteca llamada Papillon. Mi intención era clara y bastante corta: bailar tranquilo, tomar algún traguito y conversar sobre cosas entretenidas. Así, bailaba unas piezas con una y, sin darme un descanso, luego sacaba a la otra. Fue entonces que, al llegar su turno, la tal Gabriela, se me empezó a insinuar sin mucha sutileza (¿acaso no tenía novio?): había ido con una minifalda demasiado provocadora y, además, me tomaba de la mano delante de Yunely. El alcohol cumplió sus mandatos y, cuando ella me abrazó en medio de la pista, yo le correspondí sin pensármelo mucho. Yunely, a la distancia, no supo ocultar su enfado. Noté la forma de su entrecejo y su mirada desprovista de esa ternura con la que se ofreció a darme un tour por el Valle del Alto Mayo cuando coincidimos en la librería.

Yo no me hice mucho problema y seguí bailando con Gabriela, quien, ahora lo sé, resultó ser una muchacha verdaderamente decidida: me dio un buen beso y con su cimbreante lengua husmeó por debajo de la mía. Yo me excité y, para bajar las revoluciones hormonales, regresé a la mesa para bailar con Yunely. Ella se anticipó con desdén:

––¿A qué vienes, Martín? Sigue bailando con ella, pues… yo mejor me…

––Pero, Yunely, permíteme que te lleve…

––No, no me hagas favores, ¡quédate con ella! ¡Quédate, quédate! ¿Acaso no es eso lo que quieres?

––No sé ––le dije, y mi inseguridad, más que honesta, fue hiriente.

––¿Acaso no sabías que papillon quiere decir mariposa?

22222222222222222222222222

Yo estaba tan borracho que no llegué a asimilar su sarcasmo final (creo que hay una canción de Maná que cae a pelo). La vi desaparecer enfurecida. Eran las tres de la mañana. Luego, sólo atiné a pensar en lo que piensa un sujeto caliente que, como yo, siempre necesita un buen culo al lado, sobre todo si estamos hablando de la selva… Me quedé con Gabriela y ahora ya no podía soltarla hasta gastar toda la pista de baile.

Ella siguió en lo suyo: besándome y ni siquiera me dio tiempo para comentar sobre lo que había pasado con su amiga (la amiga que, hay que recordarlo, nos había presentado). Sus besos eran cada vez más atrevidos e insistentes y no me quedó otra que invitarla a mi hospedaje:

––Acá ya no pasa nada.

––¿Quieres ir a otro lado, Martín?

––Quiero ir a tu lado.

No conversamos mucho luego de salir de la discoteca. Nada. Solo esperé a tenerla en la cama, casi arrancarle la minifalda y retirar su calzón para descubrir a un cuerpo extraño, nauseabundo: una toalla higiénica. “¡La puta madre!”, pensé, “esta calientahuevos está con su ruler”.

La miré algo decepcionado (a decir verdad decepcionado no sé de qué o de quién, si de ella, de Yunely o de mí). Se sintió indefensa, pero no abochornada, con calma dijo lo que ya sabíamos los dos:

––Estoy con mi regla.

––Entonces vístete al toque y te llevo a tu casa.

Nunca falla. El olor del periodo femenino siempre me contiene. Ni siquiera unas raciones generosas de ron con coca-cola pueden vencerlo o aplacarlo ligeramente. Gabriela seguía recostada y parecía que no iba a moverse de ninguna manera:

––¡Me gustas mucho! Si no quieres estar, no te preocupes, aunque sea permíteme besarte… tocarte lo que quieras.

Yo miré su deseo desbordante y supe que en la selva son así: no respetan ni a sus amigas, no respetan ni a su periodo, ¿o estoy generalizando?

Dejé que me bese pero sólo la boca, ¡da mucho miedo que estas fogosas te la chupen! La llevé a su casa como todo un caballero y, al regreso, me quedé pensando en Yunely mientras agotaba un cigarro, repitiendo su nombre afanosamente después de cada pitada, jurando que ella estaba limpiecita, presta para una buena pachamanqueada y yo, en una mala elección, la había dejado pasar. No sólo eso: la dejé irse sola, con el calzoncito reluciente y… Mejor no te sigo contando, porque una de dos: o te burlas de mí… o escribes una historia, ¿verdad, Orlando?

Si tu tbm quieres publicar un cuento, un tema, un cuadro o foto en sieteesquinas.com, pues mandalo a: sieteesquinas@gamil.com o siete-esquinas@hotmail.com, único requisito ser de Aqp o cuento vinculado a ella.

Cuento: Irse de Penas – Por Orlando Mazeyra Guillén

Posted in Contenido General on Septiembre 30th, 2009 by Francisco Malaga – 2 Comments
30th Septiembre 2009

Publicado por: Francisco Malaga Uno de los fundadores y administradores de Siete Esquinas. Lo puedes contactar, intimidar y amenazar en: siete-esquinas@hotmail.com

¿Eres nuevo en el mundo de los escritorios y oficinas (o no tan nuevo)?, ¿pero algo te dice que ello va a consumir tu vitalidad y existencia?, entonces este cuento va para tí.

IRSE DE PENAS

Por Orlando Mazeyra Guillén

“Cogito ergo sum”

Descartes

Elías estira las piernas de buena gana, apaga el teléfono celular y lo arroja al maletín. Se frota las manos contemplando sus uñas con rigor femenino, y no sabe qué será de su vida (no sabe, en suma, qué es la vida).

Así es él. Ignora sus intereses y, casi sin percatarse de ello, alienta esperanzas vanas, ilusas: como la más preocupante despreocupación y, también, esa falsa lucidez que trasunta el color malva de su piel.

El ventilador es como la oficina, una espiral que lo devora mientras sigue girando: de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Da muchas vueltas en la señal horario como un minutero trepidante que se burla de la paciencia del tiempo. ¿Cuántas vueltas por minuto? A veces parecen infinitas. Infatigable hélice transparente, oscilante y hasta pretenciosa –como él–, muy a su manera. Cuando apunta al diploma que le dieron el mes pasado, éste se agita, bambolea, y su nombre parece resquebrajarse, sortearse en medio de un tornado minúsculo en el que caben ironías, temores y desplantes.

zz

Mañana viene el auditor de Lacoste, piensa golpeando el teclado, me va a llenar el escritorio de pautas, formas y cojudeces. El ventilador pasa por su rostro, lo despeina: mañana también me voy a la mierda.

Irse a la mierda, después de hacer un agudo recuento vivencial, pasa ahora a ser un anhelo genuino, impostergable. ¿Es, acaso, el tedio laboral o es la película argentina –en donde un infartado Darín replantea su vida, haciendo sumas y restas– que vio anoche mientras devoraba una pizza de La Italiana?

Vivo muy tenso, acelerado, no me mido, ¿cómo hacerlo? Cualquier día me da un infarto y todo se acaba, así de simple; muerto sin haber amado… de seguro que los que se mueren sin amar no van al cielo, pues no se lo merecen. “No somos nada”, dirá algún tarado de esos que nunca faltan: “Nadie tiene la vida comprada”. Luego mandarán un arreglo floral o, al menos, una tarjetita con un cinto negro transversal y, luego, a la caja…. A trabajar y a olvidar, eso es todo, señores (como cuando murió mamá): el trabajo. No hay nada como la rutina para olvidar. Y pensar que para el Día del Trabajo redacté un discurso en el que citaba al Hombre Mediocre. Ingenieros decía que el trabajo es la felicidad de la vida, la tabla de salvación en los momentos críticos de la existencia. ¡Ficción pura! El trabajo es condena, cadena cruel que envenena.

Gira y gira la mente de Elías Figueredo buscando algún recuerdo en el cual abroquelarse para no irse de penas.

A fin de mes mis compañeros se van de putas. Yo, en cambio, me voy de penas. Nunca me he atrevido a tomar la vida por las solapas. Inés se me ofrece en bandeja, como dice el Flaco Nalvarte, y yo ni siquiera soy capaz de mirarla de frente como sí lo miro a él. Me hago un mundo para invitarle una cerveza, o aunque sea un café.

–Apaga ese ventilador –le ordena entrando a la oficina el Flaco Nalvarte–. Ese aire jode los pulmones y no está haciendo tanto calor que digamos.

–Apágalo tú, que yo no tengo ganas de nada.
–Lo que tú no tienes es vida, Elías: sólo trabajo. Pero mañana es día de pago, así que por enésima vez te vengo a invitar al sitio más noble de la ciudad. ¡No sabes, han llegado unas chilenitas fantásticas!

Sigue, para leerlo completo:

Gracias a Orlando por compartir textos con la página.