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A propósito de si a Vargas LLosa lo sentimos arequipeño – Por César Sánchez – El sí de algunos…

A propósito de si a Vargas LLosa lo sentimos arequipeño – Por César Sánchez – El sí de algunos…

Posted 05 Febrero 2010 | By Francisco Malaga | Categories: Contenido General | 7 Comments

Don Mario


Por César Félix Sánchez Martínez

Cada cierto tiempo emerge la pregunta de si don Mario Vargas Llosa, el más famoso escritor peruano, es en efecto peruano. No corresponde aquí ahondar sobre las aporías de la peruanidad ni los “requisitos necesarios” para ser o no ser peruano, baste mencionar que de todas las figuras del mundo de la cultura nacional, es la que ha recibido mayores cuestionamientos con respecto a esos temas, usualmente de parte del “público de a pie”. El “público de a pie” no pocas veces tomó esos cuestionamientos del aparato propagandístico de los últimos años del primer alanato y de las sentinas infames del régimen de Fujimori, que reivindicaba un Perú de parias y magnates, hermanados todos en la informalidad y la amoralidad. Allí no cabían curas, ni caviares y mucho menos novelistas sesenteros.

Sin embargo no todos los cuestionamientos resultaban tan superficiales. Algo en las actitudes, en los dichos, hechos y gestos de don Mario siempre parece extraño y ajeno. Ahora SieteEsquinas apela al parecer del público acerca de si siente la arequipeñidad de Vargas Llosa. Pregunta capciosa, si las hay, pero no por eso menos respondible.

En primer lugar consideremos tres factores fundamentales: 1) Vargas Llosa nació en Arequipa. Usualmente se considera que uno pertenece al lugar donde ha nacido, pero eso no agota nuestra pertenencia ni identidad, 2) Vargas Llosa proviene de una familia arequipeña, que según confesión del propio escritor, le inculcó desde niño mientras vivían en el extranjero (ese extranjero tan comarcano como es Bolivia) el culto a la patria o a la matria, más exactamente en este caso. Cuenta en El Pez en el Agua la emoción avasallante que sintió la primera vez que regresó a Arequipa, ya con uso de razón. Siendo la patria como diría Fustel de Coulanges o Renan –no recuerdo bien- “la tierra y los muertos”, podemos considerar este amor tradicional familiar de Vargas Llosa hacia Arequipa como un rasgo mayor de arequipeñidad que el anterior, 3) Vargas Llosa en varias ocasiones ha manifestado su voluntad de ser arequipeño, quizá incluso en más ocasiones que la de ser peruano, siendo este último rasgo el que nos confirma más que ninguno su arequipeñidad.

Ahora, el hecho de haber vivido muy poco en nuestra ciudad, contribuyó a convertirlo en un sujeto incategorizable en la fauna pública local de su generación. De haber vivido aquí hubiera pertenecido a la generación joven de demócrata cristianos ya sea en la política o en la academia como los hermanos Bustamante Belaunde o los hermanos Cornejo Polar.  Pero lo cierto es que se parece tanto a ellos como a los telúricos poetas y literatos locales de los cincuenta como Oswaldo Reynoso o los hermanos Bacacorzo. Es decir nada. O muy poco.

Siento a Vargas Llosa como arequipeño. Y eso no quiere decir que deje de sentirlo extraño. Don Mario es una suma de paradojas algo unheimlich, para utilizar el término freudiano. Maynor Freire lo entrevistó hará más de cuarenta años, cuando recién acababa de ser publicada La Ciudad y los Perros. Esperaba encontrarse con alguien un tanto cunda como el Jaguar o por lo menos empapado de algo del vitalismo prosaico de Hemingway o por lo menos del estoicismo prosaico de Faulkner, figuras a las que Vargas Llosa rendía culto casi fanático. Pero encontró a una especie de joven lord afrancesado, sentado en una silla de jardín, que con voz sofisticada y elegante le enseñaba al muchacho sanmarquino Maynor las plantas ornamentales que su suegro había traído de Senegal.

A veces enmascarado, a veces descarnado, casi siempre ambas cosas al mismo tiempo, quizá don Mario no sea más que un niño arequipeño desterrado, que respondió a los múltiples desengaños y violencias del mundo con ambición y orgullo, respuesta que a pesar de bodrios como Los Cuadernos de don Rigoberto y otros muchos, resultó mucho más positiva que intentar ser la cuarta espada de la Revolución o un viejo hombre de Inteligencia.

(P.S.: Ha muerto hace días J. D. Salinger, gran escritor norteamericano. Mi más sentido pésame a I. L.G. que me enseñó a disfrutarlo)

Pensabas que nada podría hacer a esta ciudad peor, lee esto, y arrepientete

Pensabas que nada podría hacer a esta ciudad peor, lee esto, y arrepientete

Posted 01 Febrero 2010 | By Francisco Malaga | Categories: Contenido General | 3 Comments

Cuando parecia que ya no se podía ser peor que Quimper o Romulo León algo nos devuelve a la realidad, a la ley de “Murphy”, la que postula que algo que puede ir mal saldrá mal, y porque no, peor.

En la página 13 del documento de abajo puedes leer el diario La República del Domingo en la cual mediante una entrevista al ex alcalde de Arequipa Luis Cáceres Velásquez podremos gozar de una de las mejores respuestas de la historia.
Entrevista en la que asevera que hay que robar con decencia, que hay que hacer obra pero robar… y otras grandes frases… como no mencionar su letal “quien es perfecto”. Todas esas frases y más en la página 13 del documento de abajo.

Si eres muy pequeño, deberás saber que ese hombre fué alcalde de AQP (sólido argumento para convencerte de que nuestros padres son  probablemente más idiotas que nosotros), y claro, quiere volver a serlo, porque: “quien no ha cometido errores”, como menciona él mismo.

Lo peor es que piensa que hizo una buena gestión, buena gestión fueron las posteriores a los terremotos y las del cuarto centenario de fundación de la ciudad…

Su forma de hacernos entener su cambio de bancada una vez electo parlamentario fue “moralmente y prácticamente” correcto impresiona. Lo más extremo es cuando cita a su padre que le decía: “cuando ocupes cargos públicos roba con decencia”. Pero eso no es lo más extremo,  es que le acabo de dar otra leída al artículo y no deja de ser facinante… más adelante comenta que a los electores los toma como algo a dominar (cual potro de rodeo), pues las masas son como las mujeres (hay que dominarlas); disculpen de nuevo pero acabo de volver a ver algo más extraordinario, resulta que la recién mencionada frase es de Adolf Hitler, político cuyas frases hay que citar cuando se habla de control de masas, tanto como cuando hablamos de los jabones, grasa humana y peines de huesos.

Propuestas del señor: calles de 20 metros de ancho al menos, 50 mil nuevos terrenos, solucionar el tránsito, mil oficinas en siglo XX, la delincuencia….en si promete hacer la nueva Arequipa (en serio), hasta en eso es admirador de Hitler, ya que este quería hacer la nueva Berlín con pistas de 40 metros…Y es que  a raíz de esta entrevista y recordar la vida de este hombre deberíamos acuñar una nueva frase.

Cuando uno esta en lo más bajo de lo bajo, uno esta “modo Cáceres Velásquez”.

A modo de presentación del libro “La prosperidad Reclusa” de Orlando Mazeyra, por el mismo autor

A modo de presentación del libro “La prosperidad Reclusa” de Orlando Mazeyra, por el mismo autor

Posted 28 Enero 2010 | By Francisco Malaga | Categories: Contenido General | No Comments

Mi prosperidad reclusa (*)

Por Orlando Mazeyra

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la prosperidad es el curso favorable de las cosas. La prosperidad no es más ni menos que la buena suerte o el éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre.

Y, ¿quién de nosotros no busca un curso favorable en todos los proyectos que emprendemos a lo largo de nuestras existencias? ¿Quién no ansía la buena suerte y el éxito? Es obvio que podemos diferir en la forma, aunque no en el fondo del asunto, pues todos tratamos de arañar la prosperidad, de asirla, guarecerla para siempre en los recodos más íntimos e intransitables de nuestras vidas. Pero –siempre hay un pero que lo estropea todo– no todos accedemos a ella (o peor aún, siendo prósperos, no podemos constatarlo porque nuestras anteojeras o la estupidez propia o ajena nos lo impiden… ¡Vaya paradoja! En este mundo tan hipócrita y trivial, para sentirse cabalmente próspero hay que escucharlo de la boca de los otros: de los amigos, y, mejor que mejor, si se trata de los enemigos).

Unos ejemplos al paso, resaltando aquel latigazo sartreano que reza que el infierno no es otra cosa que la mirada de los demás: ¿Es próspero un matrimonio sin hijos? ¿Será posible considerar próspero a un hombre que frisa los treinta años y carece de profesión? ¿Quién rayos encarna la prosperidad? ¿Es próspero un presidente megalómano que recurre a unas buenas raciones de litio para mantener la cordura? ¿O lo será el escritor multipremiado que dice que a pesar de todo siempre se sentirá un insatisfecho? ¿O el flamante jubilado que, esclavo de ese mecanismo inmisericorde que es la rutina laboral, ya no sabe gobernar algo que le pertenece, pero que le supieron quitar: su libertad?

Creo que no somos pocos los que nos azotamos cotejando reiteradamente en dónde estamos y dónde –por ventura– quisiéramos estar. Los que, azorados o acaso impasibles, vemos cómo se ensancha la franja que separa nuestra realidad de nuestros sueños más genuinos. Y, para paliar estas desazones cotidianas, lo que menos nos sobra es el tiempo, que a veces se disfraza de aliado, sin embargo, es siempre pernicioso enemigo, hábil prestidigitador: sí, el tiempo, o lo que a mí más me desbarata: la finitud de la vida. Y después de preguntarnos por qué tenemos que morir (una pregunta que, según Philip Roth, puede sacar de quicio a cualquier persona), intentamos –creo– encontrarle un sentido a la existencia, obviamente antes de morir (y, ahora, recuerdo que un tío dejó en mi casa un papelito que decía que toda adicción es una búsqueda angustiosa de Dios) y, a continuación, acude hacia mí esa frase de Fernando Savater que martilla mi mente: “Sabernos mortales es ante todo sabernos abocados a la perdición. Lo más grave no es precisamente no durar, sino que todo se pierda como si jamás hubiera sido”.

Ya antes había anunciado, en mi primer libro, que buscaba tan solo un retazo de felicidad. Hoy, después de otro piélago de cuentos y relatos a cuestas, creo que la prosperidad no es más que una de las variables que conforman esa fórmula evanescente que se llama felicidad. Y la felicidad, lo sé (lo he constatado infinidad de veces), siempre me será siempre ajena. Digo mejor, me será esquiva cada vez que deje de escribir, pues conviviendo con la mentira, inventándome otras vidas en las que aletea mi propia vida, puedo sentirme pleno, útil, satisfecho. Lo mejor de todo es que resulto siendo útil para mí mismo, pero un inútil para los demás. Creo que esa contradicción alberga una extraña verdad que sigo buscando obsesivamente cada vez que florece en mi interior el germen de una historia. ¿Puedo decirlo de otra manera que sea más clara y rotunda? Sí, desde luego, si me permiten recurrir a la precisión de Haroldo Conti: Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras.

Escribir es, como dice Mario Vargas Llosa, hablar de eso que no te atreves o no puedes hablar. A la hora de escribir, sigo sus pasos: “me entrego con la personalidad completa, no solamente con el lado consciente sino con el lado oscuro. Escribo escarbando en lo más profundo de mis recuerdos, con todo aquello que reprimo. Para mí, la literatura es un exorcismo de unos fondos muy profundos… hay una compuerta que se abre de una manera muy simbólica, tanto que a veces yo mismo no alcanzo a identificar, pero que tengo el presentimiento que estoy volcando unos fondos muy secretos en lo que escribo. En algunos casos lo hago con toda deliberación. Pero tal vez lo más importante de ese exhibicionismo no pasa por la conciencia”.

Pero estas citas a autores que me han marcado con sus libros o sus ideas, seguramente les resultarán innecesarias y perdonen la digresión. Quiero volver a la prosperidad. Acudamos entonces a ella evocando a la muerte (no es un contrasentido, por favor, evoquemos la muerte de una manera visual o narrativa, a través del cine o de la literatura). El inolvidable Lester de Belleza Americana, encarnado por un soberbio Kevin Spacey, habla, al inicio y al final de la película, de la muerte, o, para ser más exactos del segundo antes de morir; y no deja espacio para la duda o la sospecha:

“Antes que nada ese segundo definitivo no es sólo un segundo. Se alarga eternamente, como un océano de tiempo (en donde asoman las personas y lugares que nos marcaron con fuego): Para mí, fue estar acostado en mi campamento de Niños Exploradores mirando estrellas fugaces y hojas amarillas de los arces de nuestra calle o las manos de mi abuela, y su piel que parecía como de papel y la primera vez que vi el auto de mi primo Tony… y mi hija, y mi hija y mi esposa. Podría estar bastante encabronado por lo que me pasó, pero es duro seguir enojado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento que estoy viendo todo a la vez, ¡y es demasiado! Mi corazón se infla como un globo a punto de reventar. Y entonces me acuerdo de relajarme y dejar de tratar de aferrarme a ella. Y entonces fluye a través de mí como lluvia y lo único que puedo sentir es gratitud por cada momento… de mi vidita estúpida. Seguramente no tienen idea de lo que estoy hablando. Pero no se preocupen. Algún día la tendrán”.

Entonces, ya puedo confesarles que escribí este nuevo libro convencido de que mi prosperidad se quedó encarcelada, reclusa en algún capítulo de mi infancia. Este librito está dedicado a mi hermano Álvaro, quien alguna vez quiso pasar a limpio un deseo íntimo. Me dijo algo más o menos así: “Orlando, al morir, quisiera que me cremen y, luego, que lancen mis cenizas desde el Puente de Fierro para se esparzan por el parque de La Arboleda”. Y creo que ambos coincidimos con ineluctable alegría en que cuando, no seamos más, veremos desfilar a los amigos que supimos hacer en ese parque donde una pelota de fútbol era suficiente para hacer de la vida una experiencia esplendente. Luego vino lo otro, lo que no vale la pena, la tensa espera, pues, como nos recuerda Andrés Calamaro: “la vida es una gran sala de espera, la otra es una caja de madera”.

Ahora, que ya quiero dejar de aburrirlos, vienen a nuevamente a mí las imágenes que no me dejan dormir, las postales de una prosperidad efímera: ¡palmeras, palmeras y más palmeras! Un domingo por la tarde se transforma en bares, alitas doradas, pizzas, gringas de ensueño y muchas cervezas. Y, vamos, Orlando, que aquí el agua es caliente. En serio, huevón: en Miami no es como en Camaná que el agua es tan helada que te cagas de frío. Y entonces, vamos, carajo, entra que no vas a querer salir. Y, sí, nos metemos al mar mientras cae la tormenta y, a lo lejos, los rayos parecen flashes divinos. Y guacachas, chalacas, brincos, lo que sea, todo a la vez: el amigo con el que compartí el jardín de infancia, el colegio y la universidad me hace sentirme vivo, próspero o algo que se le parezca. ¿Feliz? Creo que sí, por eso quiero abrazarlo en medio de la algarabía, él ya lleva más de cinco años en Miami y yo menos de cinco horas. Dos historias dispares, atravesadas por una amistad de fierro: él va a ser padre; y yo jamás quiero serlo… pero, insisto, lo miro y sé que ambos disfrutamos a plenitud, ¿qué falta entonces para arañar la felicidad? ¿Estar en Camaná, no es cierto? En ese instante daríamos lo que sea por Camaná y su agua helada, ¡no importa! ¡Camaná y punto! En esa contradicción encontré mi propia prosperidad.

Arequipa, 05 de diciembre de 2009.
(*)Texto leído en la presentación de La prosperidad reclusa

Ensayo: “Me equivoqué”. A propósito del fin de año

Ensayo: “Me equivoqué”. A propósito del fin de año

Posted 29 Diciembre 2009 | By Francisco Malaga | Categories: Contenido General | 1 Comment

Me equivoqué

Jorge Luis Ortiz Delgado

Estudié administración. Me equivoqué. Debí haber estudiado periodismo pero también me habría equivocado. Intenté darle forma académica a mis impulsos literarios con una especialidad. Me equivoqué. No haberlo hecho habría parecido un tiempo vacío pero sé que fue un tiempo infecundo. Visité París para no volver a ser el mismo, busqué contagiarme de cierta soledad apátrida para escribir, afiebrado, crónicas redimibles o patibularias sin necesidad de gustarle a nadie. Me equivoqué. Escribo mal, poco y para el resto. He terminado, como ahora, escribiendo sobre un viaje de papel.

Me llamaron para donar sangre con la urgencia de la muerte vecina. Acudí como acudo a todos los llamados de auxilio que me hacen: tarde. El muerto no esperó y mi sangre continúa su trayecto impasible. Tengo el tipo de sangre que un cuerpo involuntarioso como el mío no merece. He descubierto que me habitan los remedios equivocados.

Coincido con Marguerite Duras. En la vida llega un momento al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: los amigos, por ejemplo. He esperado diez años para decir lo que acabo de decir. He perdido amigos que no pretendo recuperar. Los prefiero de jueces y lectores, embebidos de pueril menosprecio hacia trazos y garabatos como este. Así nos llevamos mejor. Así reímos mejor.

He madurado bajo la sospecha de haberme equivocado cada una de las veces que he comprado un libro. Robarlo y no leerlo me hubiera hecho menos nocivo. Pero creo que quizá me haya equivocado menos cuando pretendí expandir los límites de la realidad con las ardorosas transformaciones que la Literatura me dispensaba y, así, sólo así, compensar la pequeñez de la vida diaria. Me equivoqué. No me bastaba, por eso me puse a escribir (poco, mal) y fui nocivo para el resto.

Escogí un oficio de saco y corbata. Me equivoqué. Debí haber hecho caso al compañero de escuela esa tarde nublada de martes, antes de las clases de educación física ya con todo el griterío instalado en medio del césped y reunido entre los arcos, cuando me alentó a inscribirme en el equipo. Debí ser el delantero derecho que la selección de mi categoría buscaba. He viajado hasta ese momento y descubrí que de hacerlo también me habría equivocado.

Me equivoqué con todas las claves de acceso a mis cuentas personales: todas obvias y mínimas. Todas, por tanto, violadas y escudriñadas. Me equivoqué con el formalismo de la última conferencia que dí. De imaginar que era la última, hubiera divertido al minúsculo auditorio con hondos sarcasmos para zaherir contra la gloriosa hornada nostálgica de mayo del 68 o de la revolución cubana. Pero también me habría equivocado.

Me equivoqué y me volví a equivocar. Son hechos sin eco alguno. Y aunque estos deberían bastar para resumir un periplo de yerros (y falsos arrepentimientos) hay algo que me redime, algo que me restablece, algo que me solivianta: La voz de Valentina pidiéndome que la suba en mis hombros o que le compre un néctar en caja para saciar su naciente y prometedora sed, recordándome con cada sílaba suya que todos los caminos recorridos, todos, para llegar a ella, nunca fueron ni serán en vano.

Arequipa, 28 de diciembre de 2009

P.d. Comparto este deseo de un amigo y maestro argentino contigo: Qué el año entrante llegue rodeado de palabras razonables, libres y desinhibidas, pronunciadas a pesar de todos los temores.

Por sieteesquinas.com: Agradecemos a los lectores y les deseamos un felíz año desde sieteesquinas.com y a seguir equivocandonos. Que mejor que mediante un escrito a nuestros mails que aparecen en contactos, escribannos, mandenos material; sino morimos.

PDF: Segunda y tercera edición de la Revistas EquiXDe (gratis)

PDF: Segunda y tercera edición de la Revistas EquiXDe (gratis)

Posted 02 Diciembre 2009 | By Diego De la Cruz | Categories: Contenido General | No Comments

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El equipo de EquiXDe está buscando auspiciadores y colaboradores, apúntate. Visítalos en revistaxde.blogspot.com, agrégalos en el twitter @RevistaXD o declárate fan en facebook.

Número 2.

Número 3.

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS. Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS. Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

Posted 02 Diciembre 2009 | By Francisco Malaga | Categories: Contenido General | No Comments

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Intro de sieteesquinas.com:Jorge Luís no cuenta esta vez de esas mentiras que uno debe decir por quedar bien y de las verdades que son mejor callar. No sin hacernos dar cuenta que finalmente tampoco hacemos lo que queremos; ¿alguien dijo de pequeño que sería atleta y a terminado en una oficina lleno de papeles?, ¿o talvéz Ud. piensa que es banquero porque trabaja en un banco?

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS

Jorge Luis Ortiz Delgado

Ricardo me llama al trabajo agitado, avivado por una propuesta insólita. Me dice que está feliz pero confundido (o felizmente confundido) porque es la mamá de su nueva novia (su potencial suegrita) la que, en alegre complicidad con su hija, lo ha invitado a mudarse con ellas para una grata convivencia. Le digo que me alegro por él, que aunque con cierta pena lamento no haber hecho realidad el trato de mudarnos juntos a otro departamento para pasar nuestros días de nueva soltería en coexistencia heterosexual, me regocija oírlo y sentirlo lleno de esperanza, y que es una decisión saludable y seguramente prometedora. Mentira. Creo que Ricardo se ha puesto la soga al cuello y terminará ahorcado como aquellos bandoleros que son ejecutados últimamente en México por ajuste de cuentas, con los testículos en la boca, por haber aceptado una propuesta tan sospechosamente cariñosa y desprendida como la de su suegra; sospechosa en cualquier suegra, en realidad.

Viviana, la ex de Ricardo, me llama para que le pida a él cancelar algunas deudas pendientes contraídas durante aquella historia de amor. Le digo que no se preocupe, que sin mayor demora le avisaré a Ricardo para que se las resuelva y que su pedido es justo, prudente y necesario. Mentira. Creo que las “deudas” (que en su momento fueron regalos o actos de nobleza desmedida) no son tales cuando son gestadas en medio del amor y el altruismo mutuo de dos personas que se prodigan, alguna vez, ternura y afecto invaluable (a pesar que el destino les haya deparado caminos distintos producto de las emociones cambiantes propias de la naturaleza humana). Saldar cuentas económicas nunca es elegante ni decoroso cuando éstas se generan, casi, con mística obnubilación por el otro.

César, quizá mi único y persistente amigo fuera de los límites de este país (lleno de amigos perdidos), exiliado en Estados Unidos desde hace ya cinco años, me escribe preguntándome sobre mi vida después del amor, si es que algún pensamiento o imagen repentina de la madre de mi hija distrae mi atención en la rutina de estos meses de separación. Le respondo que no, que el trabajo absorbe toda mi energía, que mi vida se ha reducido a observar y analizar estados financieros y a disponer de enormes cantidades de dinero –que sin ser mío debo suponer que lo es para prestarlo– y que lo único que llena mi cabeza después de cada jornada asfixiante, rodeada de cálculos y reportes crediticios, es el anhelo de despojarme de la corbata y encontrar la cama abierta para vengarme del trabajo aplastante con un sueño infinito. Sin embargo, el hecho que desmiente esta respuesta, explicada muy minuciosamente a César en el correo, se da cada mañana que despierto erecto y abstraído luego de deleitarme con alucinaciones eróticas, imponentes en la consumación del acto amatorio, rodeado ya no de reportes ni de números sino de goce, piel canela y aturdimiento cuando recuerdo, al alba, el rostro de mi onírica amante.

Ricardo y Viviana me escriben, en fechas distintas pero con las mismas intenciones. Quieren que deje de escribir estas crónicas, que a pesar de tener a protagonistas ficticios en ellas, se sienten muy identificados con las historias y los detalles contados. Me piden que si lo hago al menos no las publique en el semanario ni por Internet porque no quieren exponer su intimidad y que no tengo derecho a hacerlo, que si escribo mejor lo haga de mí mismo. Les respondo que no hay por qué perturbarse, que mis textos son meros artilugios de distensión personal y que si no escribo sobre mí es porque mi vida me parece aburrida y sin hechos dignos de contarse en una crónica. Pero que si esto les causa alguna incomodidad o fastidio dejaré de hacerlo en honor a nuestra amistad. Por supuesto, no hace falta decir que, en esto último, también he mentido.

Arequipa, 30 de noviembre de 2009

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