La partida del Quixote

Escrito por Jorge Álvarez y publicado originalmente en el semanario El Búho.

“Va camarada” era el texto minimalista que llegaba cada viernes acompañando el mail con el dibujo editorial, la caricatura San Quixote y la columna Quinta Rueda. De inmediato se daba aviso a los presentes para que se acercasen a ver qué trozo de genio íbamos a tener esa semana en la edición. El remitente no podía ser otro que Rafael Barrionuevo Gonzáles.

Rafo era un anacoreta. Vivía autoexiliado en su universo mágico de pinceles y plumas. Su comunicación oral se limitaba casi siempre al uso de monosílabos y una que otra sonrisa cómplice. La discreción se terminaba cuando alojaba sus manos sobre el teclado más cercano o el rotring con el que perfilaba sus personajes. Allí se lucía.

Y es que en ese territorio Rafo gobernaba. Tenía siempre el adjetivo exacto, el retrato justo, el verbo ideal. Maestro en prosa y titán en el trazo. Incluso cuando escribía sobre el hecho de no tener nada de qué escribir lo hacía con una soltura que invitaba al abandono, al goce de no hacer nada por un día. Hasta que vuelva la inspiración.

Hace una década lo vi por primera vez. Llegaba a la oficina de “El Búho”, desgarbado, flaco y melenudo. Debajo de esa apariencia de metalero antiguo caminaba un talento inmenso, llevando en una mano el viejo diskette de 3.5 con su texto semanal. Sonreía sin ganas al saludar y dejaba su material sin más indicación que un “ahí está”. Luego se daba media vuelta y su oscuro cabello era lo último que se veía de él hasta la semana siguiente. Daba miedo.

Pero sus escritos eran todo lo contrario. Llegaban cargados de ironía fina, un humor de polendas y un manejo del castellano que envidiaban todos los que se atrevían a escribir junto a él. Su ingenio invitaba de inmediato a darle la razón, creándose sin querer una cofradía de lectores fieles que esperaban su versión de la realidad en 2 mil caracteres.

Por esos días Rafo ya dibujaba. Lo hacía para la página editorial del desaparecido diario “Arequipa al Día”, donde había dejado en claro quién era el más maldito. Incluso se animó a publicar un libro que reunía sus mejores diseños: “Dios los cría” y otro con sus más iluminados textos: “Prohibido leer”. Que diseñara una viñeta para el semanario era cuestión de tiempo y oportunidad. Y felizmente estas llegaron cuando se le propuso el proyecto, que él aceptó de la única manera que podía hacerlo: sin inmutarse. Había nacido San Quixote.

Desde allí, Barrionuevo nos miraba a todos. Sus dos protagonistas (Un Quijote con pinta de Sancho y viceversa) eran unos y otros, tú y yo, colocados siempre en escenarios propios de nuestra cotidianeidad. Y claro, los personajes de la actualidad iban desfilando por esos cuadros, retratados magistralmente en 5 o 6 trazos de tinta que definían algo más que simples rasgos físicos. Rafo les sacaba el alma.

Con la llegada del Internet sospecho que se alegró, ya que tuvo a mano la posibilidad de evitar el contacto humano con quienes esperábamos sus dibujos. Ya sólo era cuestión de clicks hacernos llegar su San Quixote y su sesuda Quinta Rueda, espacio donde tuvo libertad para decir lo que quería. Y habló también de todos nosotros. Hasta de Metallica.

Y es que de música sí conversaba. Una mañana misteriosa hace 5 años se apareció en la redacción con el extraño propósito de invitarnos a una “fiesta” en su casa. Le tomó 6 o 7 palabras expresar lo que había venido a decir. Luego se fue con la prisa con la que vivió siempre. El evento se anunciaba irrenunciable. Al llegar a su hogar nos esperaba una parrillada tremenda, un arpa andina en el medio de su sala, y toda su familia celebrando. Ahí nos enteramos del acontecimiento. Era su cumpleaños.

Ese día, ya sin sol, de su colección de cd´s empezaron a salir las canciones de Guns N’ Roses, Eddie Brickel, Rata Blanca y otras flores del campo. Copas mediante, sus monosílabos empezaron a articularse en oraciones completas, luego en frases para que finalmente ocurriese lo inimaginable: una conversación. Y con esa piedra rodando, detenerla no hubiera sido una imprudencia, sino una estupidez. Allí estaba otro Rafo, conversador, dicharachero, siempre brillante y magnífico en su nobleza. Los temas a discutir transitaban sin orden alguno, pasando de la última burrada del alcalde de turno a cuándo saldría de una buena vez el prometido disco “Chinese democracy”. Luego todo degeneró en feliz dipsomanía.

Rafael siempre tenía prisa. Dice su padre que aprendió a leer cuando tenía 3 años y ya pintaba cuando ni siquiera llegaba a la pubertad. Como si supiera de fechas y plazos inexplicables para todo lo que tenía que hacer. En su velocidad se enamoró de Charo, se casó con ella y tuvieron dos hijos. Y con ese apuro también nos dejó, con 36 años y un legado que será motivo de orgullo para siempre. Él mismo escribió sobre la caricatura: “Es una lucha del ingenio para encontrarle nuevo gusto a lo que, de puro masticado, ya perdió todo sabor. Al fin y al cabo, muchas veces la caricatura es un reencuentro con la verdadera realidad”. Y ahora… ¿qué hacemos con todo esto, camarada?