Jorge Luis nos narra algo sobre obras importantes…desde su punto de vista; y algo más.
De libros y manías
Por: Jorge Luis Ortiz Delgado
Dar La vuelta al mundo en ochenta días me demoró, realmente, un mes veraniego. Di esa vuelta sin experiencia de viajero literario, salvo por La cabaña del tío Tom en la que me hospedé un par de semanas. Ahora que lo menciono, no preservo con exactitud el recuerdo sobre cuál de estas dos aventuras gocé primero. Lo que sí conservo de ellas es la sensación primigenia de haberme sentido un esmerado seguidor de historias –bella dosis de magia y descubrimiento. Sin advertirlo, esto era un augurio de que me estaba convirtiendo en algo para lo que, oficialmente, no me habían educado: Me estaba volviendo lector.
De las invenciones de Cortázar, además de evocar el encanto de los desenlaces desconcertantes de sus cuentos, menos metafísicos aunque con parecida sustancia enigmática que los de Borges, he logrado retener en mi memoria olfativa el olor de las hojas de aquel libro de tapa oscura y dura, papel bulky y costura fija. Sus páginas amarillentas junto a una transcripción con aires de antigüedad le daban al texto –a pesar de tratarse de una edición, por entonces, reciente, para venderse en oferta junto a un diario importante– la calidad de objeto preciado. Olisquear sus hojas y descifrar en sus rugosidades lo más cercano a lo añejo, era un ritual cada cierta página. Muchos años después aun conservo intacto el bálsamo que emanaba de su interior, trayendo consigo la época en que el misterio, lo insospechado y el ruido de las puertas desvencijadas y los pasos lentos y calculados median la intriga de un joven estremecido con lo que leía.
Hubo un tiempo en que, por curiosas circunstancias, cada año lo iniciaba con un libro ajeno en mis manos. Eran libros prestados –costumbre ya olvidada, porque aprendí con sufrimiento que, sólo reprimiendo mis ganas de subrayarlo todo, no debía dejar marca alguna sobre los pensamientos o hechos que me deleitaban del texto, a no ser que el libro fuera de mi propiedad–, a los que no tenía acceso por inconcebible desconocimiento o coyuntural limitación económica. Así conocí a Savater, por ejemplo, mientras le mostraba a Amador, con audaces paradigmas, de lo que iba la ética. Otro libro del mismo autor con el que padecí algo parecido fue El diccionario filosófico, en donde se prodiga inteligencia con cada punzante definición. Devolverlos fue parte, también, de otro indecible dolor.
Aunque ese rito de inicios de año haya caído en desuso, existe otro que permanece vigente y está por cumplir una década de práctica. Este ha consistido en anotar en la parte posterior de esas agendas ejecutivas de citas y recordatorios, el título, el autor y la fecha exacta en que termino de leer un libro. No recuerdo por qué inicié este sistema. Tal vez, al reconocerme distraído y ligero en cuanto a lo leído no quería dejar de tener presente que para cualquier ansia de relectura o emergencia temática frente a un trabajo académico, o un artículo por escribir, estaba la fuente, allí, al alcance de uno mismo en una biblioteca que nacía y se volvía prometedora. O quizá, simplemente, por pura vanagloria: En efecto, ¿cuántos libros podía leer en un mes o un año? Hoy, repasando esta lista puedo corroborar que el año en que leí la mayor cantidad de libros fue en el 2003, un año especialmente literario pues fue cuando hice una especialización en letras, escapando a todos los dictados obvios del oficio y la profesión. Igualmente, fue el febrero del 2006, un año dedicado puramente a investigaciones y tesis de maestría, el mes de mi récord personal de diez libros devorados.
Los recomendados. Son estos los libros que por razones amicales uno tiene casi la obligación moral de leerlos. Por lo general, no decepcionan si quien los recomienda ostenta el buen gusto literario, y ya posee, como los pilotos de avión, un buen número de horas de vuelo letrado, para reconocérseles y confiárseles como tal. ¿Y qué de la amistad químicamente pura, sin consideraciones intelectuales de por medio?, ¿habría que poner reparos de antemano ante cualquier recomendación que viniese de alguien cuyo hábito se aleja considerablemente de la lectura a pesar de la cercanía de los afectos? Lo curioso de este caso es que antes de pretender herir cualquier susceptibilidad o rozar, al menos, las fibras sensibles de nuestra amistad, lo que hice después de leer el libro que Francesca me dio cumplió todo lo contrario. Esto sucedió con El alquimista de Coelho. Un autor que nunca se enroló en el inventario de mis preferencias. Fue sólo que apelando a la atenciones que me rendía con sus oraciones en las que me encomendaba al santo todavía no muerto del sodalicio, Figari, y a sus constantes invitaciones al MVC ella –seguramente hoy, soportando los gélidos vientos escandinavos– me pidió que leyera el libro del brasileño para despercudirme de todos los prejuicios que tenía de él y su obra. Yo asumí que mis prejuicios sobre Coelho eran los más sustentados de todos los que por aquella época tenía: Ninguna revista literaria reconocida colocaba alguna publicación del autor entre las mejores criticadas, o su mediana religiosidad impregnada de ese esoterismo melifluo de que era acusado lo definía como un autor almibarado. En fin, estaba fuera del canon por convención literaria, le decía a Francesca cada vez que me hablaba de la calidad sanadora de sus narraciones.
Sin embargo y ante una promesa que demoré en cumplir, accedí a leer a ese curandero de la prosa. Increíblemente llegué hasta la última página. El día que fui a devolverle el libro (demás está mencionar que me lo tuvo que prestar) me pidió que no le hiciera comentarios, en ese instante, sobre lo leído. El alivio de no zaherir su predilección hacia ese tipo de lecturas con ciertos apuntes míos se me notó en el suspiro que di al sentarme en su sofá de cuero ajado. Me pidió que no le dijera nada, escribe lo que te pareció y me lo envías, por favor, me dijo. Dos semanas después, El Búho publicó el artículo Coelho o bajo el cielo de un optimismo exagerado. Al día siguiente encontré un breve y elocuente mensaje de Francesca en mi correo: Exagerada y presuntuosa es tu opinión de escribidorzuelo. Jódete.
Entre otras ocurrencias librescas puedo recordar el inusitado y apagado sollozo que me produjo la última carta de La Resistencia de Sábato, sobre la decisión y la muerte, cuando se entiende lo decisivo que es escoger entre ser fiel al destino que da la libertad y la cobardía de la resignación. La mejor lección de claridad en las ideas, limpieza de los argumentos y goce del juicio ético los disfruté con Jean Francois Revel. El retrato de Dorian Gray es una oda a la celebridad de las frases, a la perpetuidad de su recordación, por eso es el libro que padece más trazos, rasgos y notas al margen de los que tengo. Libros de viaje, varios, pero dos permanecen petrificados en mi memoria por la forma cómo estos me abstrajeron de manera absoluta con sus líneas, sin licencia ni tregua para mirar por la ventana del bus, algo impensado en mis rutinas de pasajero: La romana de Moravia y El vuelo de la Reina de T.E. Martínez. La única novela que leí –además del puro placer de hacerlo– con el propósito de ver, antes de su estreno, la película que habían hecho de ella, fue La guerra de los mundos. Nunca llegué a verla. Y así, son innumerables los acontecimientos que han afinado o sellado mi relación con personas, recuerdos y lugares a través de obras que me enseñaron a nostalgiar mejor, como diría Benedetti, y a salvar la vida.
Porque leer un libro es renunciar a la voluntad de la personalidad, a sus quietudes y exabruptos. Es claudicar ante el dominio de sus atrevimientos ficticios. Someterse a la dictadura de sus embelesamientos. Es no oponer resistencia al enajenamiento de la excursión literaria y al desahogo en medio de caudales agitados por palabras. Leer es un momento en el que se intensifican, sin saberlo necesariamente, todas las esperanzas de una vida mejor, cuando el entusiasmo diario abandona la serenidad para convertirse en éxtasis celestial.
Arequipa, 05 de febrero de 2011

