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Ella no votará por Fujimori – Por Jorge Luis Ortiz Delgado

Cómo desearía escribir un apasionado artículo tomando partido por la libertad y el respeto por los propios principios como lo hizo Patricia del Río este fin de semana (Por favor no insistan, 30 de abril de 2011, Perú 21). Ella mira a su hijo jugar con sus trenes y se le encoge el corazón ¿Por qué se vuelve a joder el Perú? Quiere proteger a su hijo con sus decisiones, asegurarle el futuro, pero sabe que es imposible. Lo único que le queda es ser consecuente con sus convicciones, enseñarle que sus sensaciones de impotencia ante la adversidad o el miedo de la futura elección no pueden transformarse en acomodo del momento y justificación oportunista. Ella no votará por Keiko Fujimori a pesar de los temores que genera el plan formal de gobierno de Ollanta Humala. Ella no votará por el autoengaño, por la fastidiosa insistencia persuasiva de su entorno (¿acaso quieres que nacionalicen el colegio de tu hijo?), ella no elegirá con criterios tecnócratas ni economicistas, ella votará por lo vivido, por lo que le dictan su fibras sensibles de ciudadana; precisamente, ella votará por el legado que dejará en su hijo, por la convicción de que hay reglas inquebrantables para vivir en sociedad como el respeto a la libertad y a la dignidad de las personas que el gobierno de Alberto Fujimori y de toda su grey que hoy auspicia y rodea a la hija del exdictador sepultaron bajo homicidios y escandalosas expresiones de corrupción.

Patricia del Rio: mejor que el pan tres puntas con adobo.

Pero en el intento de ser apasionado he trastocado muchas veces los linderos de la sensiblería pura. Así que me quedo con ese gesto de indignación que la periodista muestra en unas cuantas líneas, tan breve pero elocuente, tan directa en el lenguaje y profunda en la reflexión, sin enredos ni demagogia (he llegado a compararla con Rosa Montero, la columnista, la de expresiones a flor de piel, sin medias tintas). Me quedo con ello y añado mi desconcierto: cómo no entender que una sociedad moderna no es, en primera instancia, un modelo de mercado flexible con sus derivaciones en producción y rentabilidad, sino, la institucionalización de las libertades políticas, ese posicionamiento de la cultura democrática a la que tanto debería aspirar este país con sus índices de crecimiento económico que poco, seguramente, ha hecho por ese 31% de peruanos que eligieron, en primera vuelta, no estar al margen de los índices macroeconómicos ni de las notas aprobatorias internacionales de los bancos de inversión.
Todos los arrebatos populistas de los gobiernos deben ser frenados en el más breve plazo, porque estos exigen a cambio del favor estatal la obediencia unánime que tanto perjuicio ha producido a sociedades que pretendían salir del caudillismo como modelo centenario de autoridad. Eso ocurrió durante la década fujimorista, aparte de lo que aconteció en La Cantuta, Barrios Altos, el descabezamiento del Tribunal Constitucional y lo que nos enseñaron los videos de la prebenda editorial, militar y política. Gobiernos, o mejor dicho, desgobiernos como los del clan Fujimori adormecen la capacidad de emprendimiento en la población, atentan contra el discurso y la práctica de competitividad que mucho esfuerzo ha requerido de los empresarios y adherentes al capitalismo severo pero necesario durante estos diez últimos años. Es verdad, quizá sería suicida pensar en una nueva clausura congresal con tanques y soldados apostados en las plazas y los medios de comunicación para detentar el poder con o sin el favor de las masas y de leguleyos comprados con el dinero del sabotaje estatal, pero los márgenes de asistencialismo a los que llegamos con Fujimori, arma homicida del aparato productivo del país –como lo fue la reforma agraria de Velazco Alvarado– son la puerta de entrada de forma menos militar y más “civilizada” al despotismo disimulado, soslayado e impune.
Pero los empresarios esquivan grotescamente su mirada. En sus cuarteles de gestión numérica el riesgo de las proyecciones de sus propias utilidades imperan sobre el proyecto país que el Perú necesita. Lo acaba de decir Hildebrandt: Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mall. Perfecta excusa para el continuismo sin reformas primordiales de Estado. El paternalismo económico de Fujimori, extrañamente, no los ahuyenta, al contrario, lo prefieren ante el apocalipsis de Humala (dicho en el sentido de mera especulación bíblica). Hoy incomoda tanto la posición de Mario Vargas Llosa sobre estas elecciones que, posiblemente, el aplauso y la admiración del Nobel estén descansando en paz en el recuerdo del ganado mayor de la elite empresarial. Quizá ya su popularidad entre algunos liberales económicos (vaya, luego de 13 años de no entenderlo, tal vez ya caigo en cuenta de que va el ser “neoliberal”) haya descendido tanto como su propio juicio ético. Hay liberales, por ejemplo –dijo el escritor en un discurso en homenaje a las personas que defienden la democracia–, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas. Y para atizar más el fuego del repudio ante esta incongruencia, remarcó: Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía (…).El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza (…), Pero es también un mecanismo implacable que, sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.
¿Cuál es la cultura de los que se empecinan en dividir la libertad en dos, en tres, en cuatro? ¿La cultura informativa de los medios que antes de favorecer la transparencia y el debate de ideas se inclina por los trucos autoritarios que convierten en carne de carroña al periodista que no apoya al candidato del dueño del canal o la radio? Lo ocurrido en Canal N me deja perplejo. El medio símbolo de la resistencia democrática en el último tramo del gobierno fujimorista es, hoy en día, la sombra de lo que significaría un nuevo sometimiento editorial al germen de la manipulación política. ¿Acaso la cultura de los que creen que las reformas para hacer más eficiente el mercado prescindiendo de un sistema judicial independiente es la que debe regir para superar cualquier obstáculo hacia la modernidad? ¿Cuál es la cultura de los que asumen la urgencia del crecimiento económico como pilar del país antes que el de la libertad política?
Qué rabiosa actualidad, diría Savater. El que las esperanzas deban ser abrigadas del miedo. De ese miedo que Patricia del Río siente cuando la defensa de la libertad se debate entre discursos con carga ideológica confrontacional y quienes fundan su afinidad a un gobierno, del que la candidata del fujimorismo fue parte y no testigo, que usó el poder para corromper y expandir el latrocinio a escala física y mental. Es momento de elegir. Cada uno, en su vida cotidiana tiene reductos de propiedad que defender, sobre esos criterios personales se sostendrá una elección. Pero de lo que se trata no es de claudicar a esos intereses individuales a favor de los colectivos, sino de recordar, ante todo, los verdaderos intereses que como comunidad tenemos adjuntos a la naturaleza de la que formamos parte: la humana. Y lo que nos caracteriza como tales es la parte en la que nos tratamos con decencia. Y en la que no permitimos que se quiebren las instituciones políticas del respeto mutuo en medio de las discrepancias e identidades.
Por ello, y subrayando lo dicho por la sensible y, con mucha razón, enfurecida periodista, una cosa es pedir disculpas, por lo delitos cometidos en el gobierno de los noventas y otra pedir votos que den segundas oportunidades a quienes, en el fondo, consideran que Alberto Fujimori fue el mejor presidente de la historia del Perú, cuando en realidad representó el nivel más abyecto de gobierno en la historia republicana del país visto en pantallas de televisión, corroborado en gruesas aunque no secretas cuentas bancarias del exterior, salpicado con la sangre de estudiantes “sospechosos” para el régimen, confabulado con los apetitos voraces de los dueños de medios de comunicación y atraído siempre por la tentación de derribar toda estructura política que le impidiera su camino autocrático y felón.
Patricia del Río no votaría jamás por Fujimori. Con mucho menos resignación, yo tampoco.

Arequipa, 30 de abril de 2011