Archivo de la etiqueta: Jorge Luis Ortiz Delgado

Ella no votará por Fujimori – Por Jorge Luis Ortiz Delgado

Cómo desearía escribir un apasionado artículo tomando partido por la libertad y el respeto por los propios principios como lo hizo Patricia del Río este fin de semana (Por favor no insistan, 30 de abril de 2011, Perú 21). Ella mira a su hijo jugar con sus trenes y se le encoge el corazón ¿Por qué se vuelve a joder el Perú? Quiere proteger a su hijo con sus decisiones, asegurarle el futuro, pero sabe que es imposible. Lo único que le queda es ser consecuente con sus convicciones, enseñarle que sus sensaciones de impotencia ante la adversidad o el miedo de la futura elección no pueden transformarse en acomodo del momento y justificación oportunista. Ella no votará por Keiko Fujimori a pesar de los temores que genera el plan formal de gobierno de Ollanta Humala. Ella no votará por el autoengaño, por la fastidiosa insistencia persuasiva de su entorno (¿acaso quieres que nacionalicen el colegio de tu hijo?), ella no elegirá con criterios tecnócratas ni economicistas, ella votará por lo vivido, por lo que le dictan su fibras sensibles de ciudadana; precisamente, ella votará por el legado que dejará en su hijo, por la convicción de que hay reglas inquebrantables para vivir en sociedad como el respeto a la libertad y a la dignidad de las personas que el gobierno de Alberto Fujimori y de toda su grey que hoy auspicia y rodea a la hija del exdictador sepultaron bajo homicidios y escandalosas expresiones de corrupción.

Patricia del Rio: mejor que el pan tres puntas con adobo.

Pero en el intento de ser apasionado he trastocado muchas veces los linderos de la sensiblería pura. Así que me quedo con ese gesto de indignación que la periodista muestra en unas cuantas líneas, tan breve pero elocuente, tan directa en el lenguaje y profunda en la reflexión, sin enredos ni demagogia (he llegado a compararla con Rosa Montero, la columnista, la de expresiones a flor de piel, sin medias tintas). Me quedo con ello y añado mi desconcierto: cómo no entender que una sociedad moderna no es, en primera instancia, un modelo de mercado flexible con sus derivaciones en producción y rentabilidad, sino, la institucionalización de las libertades políticas, ese posicionamiento de la cultura democrática a la que tanto debería aspirar este país con sus índices de crecimiento económico que poco, seguramente, ha hecho por ese 31% de peruanos que eligieron, en primera vuelta, no estar al margen de los índices macroeconómicos ni de las notas aprobatorias internacionales de los bancos de inversión.
Todos los arrebatos populistas de los gobiernos deben ser frenados en el más breve plazo, porque estos exigen a cambio del favor estatal la obediencia unánime que tanto perjuicio ha producido a sociedades que pretendían salir del caudillismo como modelo centenario de autoridad. Eso ocurrió durante la década fujimorista, aparte de lo que aconteció en La Cantuta, Barrios Altos, el descabezamiento del Tribunal Constitucional y lo que nos enseñaron los videos de la prebenda editorial, militar y política. Gobiernos, o mejor dicho, desgobiernos como los del clan Fujimori adormecen la capacidad de emprendimiento en la población, atentan contra el discurso y la práctica de competitividad que mucho esfuerzo ha requerido de los empresarios y adherentes al capitalismo severo pero necesario durante estos diez últimos años. Es verdad, quizá sería suicida pensar en una nueva clausura congresal con tanques y soldados apostados en las plazas y los medios de comunicación para detentar el poder con o sin el favor de las masas y de leguleyos comprados con el dinero del sabotaje estatal, pero los márgenes de asistencialismo a los que llegamos con Fujimori, arma homicida del aparato productivo del país –como lo fue la reforma agraria de Velazco Alvarado– son la puerta de entrada de forma menos militar y más “civilizada” al despotismo disimulado, soslayado e impune.
Pero los empresarios esquivan grotescamente su mirada. En sus cuarteles de gestión numérica el riesgo de las proyecciones de sus propias utilidades imperan sobre el proyecto país que el Perú necesita. Lo acaba de decir Hildebrandt: Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mall. Perfecta excusa para el continuismo sin reformas primordiales de Estado. El paternalismo económico de Fujimori, extrañamente, no los ahuyenta, al contrario, lo prefieren ante el apocalipsis de Humala (dicho en el sentido de mera especulación bíblica). Hoy incomoda tanto la posición de Mario Vargas Llosa sobre estas elecciones que, posiblemente, el aplauso y la admiración del Nobel estén descansando en paz en el recuerdo del ganado mayor de la elite empresarial. Quizá ya su popularidad entre algunos liberales económicos (vaya, luego de 13 años de no entenderlo, tal vez ya caigo en cuenta de que va el ser “neoliberal”) haya descendido tanto como su propio juicio ético. Hay liberales, por ejemplo –dijo el escritor en un discurso en homenaje a las personas que defienden la democracia–, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas. Y para atizar más el fuego del repudio ante esta incongruencia, remarcó: Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía (…).El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza (…), Pero es también un mecanismo implacable que, sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.
¿Cuál es la cultura de los que se empecinan en dividir la libertad en dos, en tres, en cuatro? ¿La cultura informativa de los medios que antes de favorecer la transparencia y el debate de ideas se inclina por los trucos autoritarios que convierten en carne de carroña al periodista que no apoya al candidato del dueño del canal o la radio? Lo ocurrido en Canal N me deja perplejo. El medio símbolo de la resistencia democrática en el último tramo del gobierno fujimorista es, hoy en día, la sombra de lo que significaría un nuevo sometimiento editorial al germen de la manipulación política. ¿Acaso la cultura de los que creen que las reformas para hacer más eficiente el mercado prescindiendo de un sistema judicial independiente es la que debe regir para superar cualquier obstáculo hacia la modernidad? ¿Cuál es la cultura de los que asumen la urgencia del crecimiento económico como pilar del país antes que el de la libertad política?
Qué rabiosa actualidad, diría Savater. El que las esperanzas deban ser abrigadas del miedo. De ese miedo que Patricia del Río siente cuando la defensa de la libertad se debate entre discursos con carga ideológica confrontacional y quienes fundan su afinidad a un gobierno, del que la candidata del fujimorismo fue parte y no testigo, que usó el poder para corromper y expandir el latrocinio a escala física y mental. Es momento de elegir. Cada uno, en su vida cotidiana tiene reductos de propiedad que defender, sobre esos criterios personales se sostendrá una elección. Pero de lo que se trata no es de claudicar a esos intereses individuales a favor de los colectivos, sino de recordar, ante todo, los verdaderos intereses que como comunidad tenemos adjuntos a la naturaleza de la que formamos parte: la humana. Y lo que nos caracteriza como tales es la parte en la que nos tratamos con decencia. Y en la que no permitimos que se quiebren las instituciones políticas del respeto mutuo en medio de las discrepancias e identidades.
Por ello, y subrayando lo dicho por la sensible y, con mucha razón, enfurecida periodista, una cosa es pedir disculpas, por lo delitos cometidos en el gobierno de los noventas y otra pedir votos que den segundas oportunidades a quienes, en el fondo, consideran que Alberto Fujimori fue el mejor presidente de la historia del Perú, cuando en realidad representó el nivel más abyecto de gobierno en la historia republicana del país visto en pantallas de televisión, corroborado en gruesas aunque no secretas cuentas bancarias del exterior, salpicado con la sangre de estudiantes “sospechosos” para el régimen, confabulado con los apetitos voraces de los dueños de medios de comunicación y atraído siempre por la tentación de derribar toda estructura política que le impidiera su camino autocrático y felón.
Patricia del Río no votaría jamás por Fujimori. Con mucho menos resignación, yo tampoco.

Arequipa, 30 de abril de 2011

La_vuelta_al_mundo_en_80_d_as

[Artículo] De libros y manías – Por Jorge Luis Ortiz Delgado

Jorge Luis nos narra algo sobre obras importantes…desde su punto de vista; y algo más.

De libros y manías

Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

Dar La vuelta al mundo en ochenta días me demoró, realmente, un mes veraniego. Di esa vuelta sin experiencia de viajero literario, salvo por La cabaña del tío Tom en la que me hospedé un par de semanas. Ahora que lo menciono, no preservo con exactitud el recuerdo sobre cuál de estas dos aventuras gocé primero. Lo que sí conservo de ellas es la sensación primigenia de haberme sentido un esmerado seguidor de historias –bella dosis de magia y descubrimiento. Sin advertirlo, esto era un augurio de que me estaba convirtiendo en algo para lo que, oficialmente, no me habían educado: Me estaba volviendo lector.
De las invenciones de Cortázar, además de evocar el encanto de los desenlaces desconcertantes de sus cuentos, menos metafísicos aunque con parecida sustancia enigmática que los de Borges, he logrado retener en mi memoria olfativa el olor de las hojas de aquel libro de tapa oscura y dura, papel bulky y costura fija. Sus páginas amarillentas junto a una transcripción con aires de antigüedad le daban al texto –a pesar de tratarse de una edición, por entonces, reciente, para venderse en oferta junto a un diario importante– la calidad de objeto preciado. Olisquear sus hojas y descifrar en sus rugosidades lo más cercano a lo añejo, era un ritual cada cierta página. Muchos años después aun conservo intacto el bálsamo que emanaba de su interior, trayendo consigo la época en que el misterio, lo insospechado y el ruido de las puertas desvencijadas y los pasos lentos y calculados median la intriga de un joven estremecido con lo que leía.
Hubo un tiempo en que, por curiosas circunstancias, cada año lo iniciaba con un libro ajeno en mis manos. Eran libros prestados –costumbre ya olvidada, porque aprendí con sufrimiento que, sólo reprimiendo mis ganas de subrayarlo todo, no debía dejar marca alguna sobre los pensamientos o hechos que me deleitaban del texto, a no ser que el libro fuera de mi propiedad–, a los que no tenía acceso por inconcebible desconocimiento o coyuntural limitación económica. Así conocí a Savater, por ejemplo, mientras le mostraba a Amador, con audaces paradigmas, de lo que iba la ética. Otro libro del mismo autor con el que padecí algo parecido fue El diccionario filosófico, en donde se prodiga inteligencia con cada punzante definición. Devolverlos fue parte, también, de otro indecible dolor.
Aunque ese rito de inicios de año haya caído en desuso, existe otro que permanece vigente y está por cumplir una década de práctica. Este ha consistido en anotar en la parte posterior de esas agendas ejecutivas de citas y recordatorios, el título, el autor y la fecha exacta en que termino de leer un libro. No recuerdo por qué inicié este sistema. Tal vez, al reconocerme distraído y ligero en cuanto a lo leído no quería dejar de tener presente que para cualquier ansia de relectura o emergencia temática frente a un trabajo académico, o un artículo por escribir, estaba la fuente, allí, al alcance de uno mismo en una biblioteca que nacía y se volvía prometedora. O quizá, simplemente, por pura vanagloria: En efecto, ¿cuántos libros podía leer en un mes o un año? Hoy, repasando esta lista puedo corroborar que el año en que leí la mayor cantidad de libros fue en el 2003, un año especialmente literario pues fue cuando hice una especialización en letras, escapando a todos los dictados obvios del oficio y la profesión. Igualmente, fue el febrero del 2006, un año dedicado puramente a investigaciones y tesis de maestría, el mes de mi récord personal de diez libros devorados.
Los recomendados. Son estos los libros que por razones amicales uno tiene casi la obligación moral de leerlos. Por lo general, no decepcionan si quien los recomienda ostenta el buen gusto literario, y ya posee, como los pilotos de avión, un buen número de horas de vuelo letrado, para reconocérseles y confiárseles como tal. ¿Y qué de la amistad químicamente pura, sin consideraciones intelectuales de por medio?, ¿habría que poner reparos de antemano ante cualquier recomendación que viniese de alguien cuyo hábito se aleja considerablemente de la lectura a pesar de la cercanía de los afectos? Lo curioso de este caso es que antes de pretender herir cualquier susceptibilidad o rozar, al menos, las fibras sensibles de nuestra amistad, lo que hice después de leer el libro que Francesca me dio cumplió todo lo contrario. Esto sucedió con El alquimista de Coelho. Un autor que nunca se enroló en el inventario de mis preferencias. Fue sólo que apelando a la atenciones que me rendía con sus oraciones en las que me encomendaba al santo todavía no muerto del sodalicio, Figari, y a sus constantes invitaciones al MVC ella –seguramente hoy, soportando los gélidos vientos escandinavos– me pidió que leyera el libro del brasileño para despercudirme de todos los prejuicios que tenía de él y su obra. Yo asumí que mis prejuicios sobre Coelho eran los más sustentados de todos los que por aquella época tenía: Ninguna revista literaria reconocida colocaba alguna publicación del autor entre las mejores criticadas, o su mediana religiosidad impregnada de ese esoterismo melifluo de que era acusado lo definía como un autor almibarado. En fin, estaba fuera del canon por convención literaria, le decía a Francesca cada vez que me hablaba de la calidad sanadora de sus narraciones.
Sin embargo y ante una promesa que demoré en cumplir, accedí a leer a ese curandero de la prosa. Increíblemente llegué hasta la última página. El día que fui a devolverle el libro (demás está mencionar que me lo tuvo que prestar) me pidió que no le hiciera comentarios, en ese instante, sobre lo leído. El alivio de no zaherir su predilección hacia ese tipo de lecturas con ciertos apuntes míos se me notó en el suspiro que di al sentarme en su sofá de cuero ajado. Me pidió que no le dijera nada, escribe lo que te pareció y me lo envías, por favor, me dijo. Dos semanas después, El Búho publicó el artículo Coelho o bajo el cielo de un optimismo exagerado. Al día siguiente encontré un breve y elocuente mensaje de Francesca en mi correo: Exagerada y presuntuosa es tu opinión de escribidorzuelo. Jódete.
Entre otras ocurrencias librescas puedo recordar el inusitado y apagado sollozo que me produjo la última carta de La Resistencia de Sábato, sobre la decisión y la muerte, cuando se entiende lo decisivo que es escoger entre ser fiel al destino que da la libertad y la cobardía de la resignación. La mejor lección de claridad en las ideas, limpieza de los argumentos y goce del juicio ético los disfruté con Jean Francois Revel. El retrato de Dorian Gray es una oda a la celebridad de las frases, a la perpetuidad de su recordación, por eso es el libro que padece más trazos, rasgos y notas al margen de los que tengo. Libros de viaje, varios, pero dos permanecen petrificados en mi memoria por la forma cómo estos me abstrajeron de manera absoluta con sus líneas, sin licencia ni tregua para mirar por la ventana del bus, algo impensado en mis rutinas de pasajero: La romana de Moravia y El vuelo de la Reina de T.E. Martínez. La única novela que leí –además del puro placer de hacerlo– con el propósito de ver, antes de su estreno, la película que habían hecho de ella, fue La guerra de los mundos. Nunca llegué a verla. Y así, son innumerables los acontecimientos que han afinado o sellado mi relación con personas, recuerdos y lugares a través de obras que me enseñaron a nostalgiar mejor, como diría Benedetti, y a salvar la vida.
Porque leer un libro es renunciar a la voluntad de la personalidad, a sus quietudes y exabruptos. Es claudicar ante el dominio de sus atrevimientos ficticios. Someterse a la dictadura de sus embelesamientos. Es no oponer resistencia al enajenamiento de la excursión literaria y al desahogo en medio de caudales agitados por palabras. Leer es un momento en el que se intensifican, sin saberlo necesariamente, todas las esperanzas de una vida mejor, cuando el entusiasmo diario abandona la serenidad para convertirse en éxtasis celestial.

Arequipa, 05 de febrero de 2011

Ensayo: “Me equivoqué”. A propósito del fin de año

Me equivoqué

Jorge Luis Ortiz Delgado

Estudié administración. Me equivoqué. Debí haber estudiado periodismo pero también me habría equivocado. Intenté darle forma académica a mis impulsos literarios con una especialidad. Me equivoqué. No haberlo hecho habría parecido un tiempo vacío pero sé que fue un tiempo infecundo. Visité París para no volver a ser el mismo, busqué contagiarme de cierta soledad apátrida para escribir, afiebrado, crónicas redimibles o patibularias sin necesidad de gustarle a nadie. Me equivoqué. Escribo mal, poco y para el resto. He terminado, como ahora, escribiendo sobre un viaje de papel.

Me llamaron para donar sangre con la urgencia de la muerte vecina. Acudí como acudo a todos los llamados de auxilio que me hacen: tarde. El muerto no esperó y mi sangre continúa su trayecto impasible. Tengo el tipo de sangre que un cuerpo involuntarioso como el mío no merece. He descubierto que me habitan los remedios equivocados.

Coincido con Marguerite Duras. En la vida llega un momento al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: los amigos, por ejemplo. He esperado diez años para decir lo que acabo de decir. He perdido amigos que no pretendo recuperar. Los prefiero de jueces y lectores, embebidos de pueril menosprecio hacia trazos y garabatos como este. Así nos llevamos mejor. Así reímos mejor.

He madurado bajo la sospecha de haberme equivocado cada una de las veces que he comprado un libro. Robarlo y no leerlo me hubiera hecho menos nocivo. Pero creo que quizá me haya equivocado menos cuando pretendí expandir los límites de la realidad con las ardorosas transformaciones que la Literatura me dispensaba y, así, sólo así, compensar la pequeñez de la vida diaria. Me equivoqué. No me bastaba, por eso me puse a escribir (poco, mal) y fui nocivo para el resto.

Escogí un oficio de saco y corbata. Me equivoqué. Debí haber hecho caso al compañero de escuela esa tarde nublada de martes, antes de las clases de educación física ya con todo el griterío instalado en medio del césped y reunido entre los arcos, cuando me alentó a inscribirme en el equipo. Debí ser el delantero derecho que la selección de mi categoría buscaba. He viajado hasta ese momento y descubrí que de hacerlo también me habría equivocado.

Me equivoqué con todas las claves de acceso a mis cuentas personales: todas obvias y mínimas. Todas, por tanto, violadas y escudriñadas. Me equivoqué con el formalismo de la última conferencia que dí. De imaginar que era la última, hubiera divertido al minúsculo auditorio con hondos sarcasmos para zaherir contra la gloriosa hornada nostálgica de mayo del 68 o de la revolución cubana. Pero también me habría equivocado.

Me equivoqué y me volví a equivocar. Son hechos sin eco alguno. Y aunque estos deberían bastar para resumir un periplo de yerros (y falsos arrepentimientos) hay algo que me redime, algo que me restablece, algo que me solivianta: La voz de Valentina pidiéndome que la suba en mis hombros o que le compre un néctar en caja para saciar su naciente y prometedora sed, recordándome con cada sílaba suya que todos los caminos recorridos, todos, para llegar a ella, nunca fueron ni serán en vano.

Arequipa, 28 de diciembre de 2009

P.d. Comparto este deseo de un amigo y maestro argentino contigo: Qué el año entrante llegue rodeado de palabras razonables, libres y desinhibidas, pronunciadas a pesar de todos los temores.

Por sieteesquinas.com: Agradecemos a los lectores y les deseamos un felíz año desde sieteesquinas.com y a seguir equivocandonos. Que mejor que mediante un escrito a nuestros mails que aparecen en contactos, escribannos, mandenos material; sino morimos.

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS. Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

trabajo2

Intro de sieteesquinas.com:Jorge Luís no cuenta esta vez de esas mentiras que uno debe decir por quedar bien y de las verdades que son mejor callar. No sin hacernos dar cuenta que finalmente tampoco hacemos lo que queremos; ¿alguien dijo de pequeño que sería atleta y a terminado en una oficina lleno de papeles?, ¿o talvéz Ud. piensa que es banquero porque trabaja en un banco?

MIS ÚLTIMAS MENTIRAS

Jorge Luis Ortiz Delgado

Ricardo me llama al trabajo agitado, avivado por una propuesta insólita. Me dice que está feliz pero confundido (o felizmente confundido) porque es la mamá de su nueva novia (su potencial suegrita) la que, en alegre complicidad con su hija, lo ha invitado a mudarse con ellas para una grata convivencia. Le digo que me alegro por él, que aunque con cierta pena lamento no haber hecho realidad el trato de mudarnos juntos a otro departamento para pasar nuestros días de nueva soltería en coexistencia heterosexual, me regocija oírlo y sentirlo lleno de esperanza, y que es una decisión saludable y seguramente prometedora. Mentira. Creo que Ricardo se ha puesto la soga al cuello y terminará ahorcado como aquellos bandoleros que son ejecutados últimamente en México por ajuste de cuentas, con los testículos en la boca, por haber aceptado una propuesta tan sospechosamente cariñosa y desprendida como la de su suegra; sospechosa en cualquier suegra, en realidad.

Viviana, la ex de Ricardo, me llama para que le pida a él cancelar algunas deudas pendientes contraídas durante aquella historia de amor. Le digo que no se preocupe, que sin mayor demora le avisaré a Ricardo para que se las resuelva y que su pedido es justo, prudente y necesario. Mentira. Creo que las “deudas” (que en su momento fueron regalos o actos de nobleza desmedida) no son tales cuando son gestadas en medio del amor y el altruismo mutuo de dos personas que se prodigan, alguna vez, ternura y afecto invaluable (a pesar que el destino les haya deparado caminos distintos producto de las emociones cambiantes propias de la naturaleza humana). Saldar cuentas económicas nunca es elegante ni decoroso cuando éstas se generan, casi, con mística obnubilación por el otro.

César, quizá mi único y persistente amigo fuera de los límites de este país (lleno de amigos perdidos), exiliado en Estados Unidos desde hace ya cinco años, me escribe preguntándome sobre mi vida después del amor, si es que algún pensamiento o imagen repentina de la madre de mi hija distrae mi atención en la rutina de estos meses de separación. Le respondo que no, que el trabajo absorbe toda mi energía, que mi vida se ha reducido a observar y analizar estados financieros y a disponer de enormes cantidades de dinero –que sin ser mío debo suponer que lo es para prestarlo– y que lo único que llena mi cabeza después de cada jornada asfixiante, rodeada de cálculos y reportes crediticios, es el anhelo de despojarme de la corbata y encontrar la cama abierta para vengarme del trabajo aplastante con un sueño infinito. Sin embargo, el hecho que desmiente esta respuesta, explicada muy minuciosamente a César en el correo, se da cada mañana que despierto erecto y abstraído luego de deleitarme con alucinaciones eróticas, imponentes en la consumación del acto amatorio, rodeado ya no de reportes ni de números sino de goce, piel canela y aturdimiento cuando recuerdo, al alba, el rostro de mi onírica amante.

Ricardo y Viviana me escriben, en fechas distintas pero con las mismas intenciones. Quieren que deje de escribir estas crónicas, que a pesar de tener a protagonistas ficticios en ellas, se sienten muy identificados con las historias y los detalles contados. Me piden que si lo hago al menos no las publique en el semanario ni por Internet porque no quieren exponer su intimidad y que no tengo derecho a hacerlo, que si escribo mejor lo haga de mí mismo. Les respondo que no hay por qué perturbarse, que mis textos son meros artilugios de distensión personal y que si no escribo sobre mí es porque mi vida me parece aburrida y sin hechos dignos de contarse en una crónica. Pero que si esto les causa alguna incomodidad o fastidio dejaré de hacerlo en honor a nuestra amistad. Por supuesto, no hace falta decir que, en esto último, también he mentido.

Arequipa, 30 de noviembre de 2009

ESA URGENCIA DE DECIR NOSOTROS – Por Jorge Luis Ortiz Delgado – Texto de opinión

Jorge Luis Ortiz Delgado

En Lima mismo no he aprendido nada del Perú. (…) Lima está más separada del Perú que Londres. Un egoísmo frío gobierna a todos, y lo que sufre uno mismo, no da cuidado a otro. Lo dijo Von Humboldt(1) , a principios del XIX. Siglo y medio después, la irreprimible sensación de continuidad colonial le dice a Leopoldo Zea(2) , en México, que este pasado nuestro aún no se convierte en auténtico pasado, que sigue siendo un presente que no se decide a ser historia. Ya más cerca a este tiempo, a estos días de lección inaprehendida, Cotler(3) da cuenta de la inexorable fragmentación de un país sin interés común: Con frecuencia, el campesinado protestaba contra las figuras patronales, (…) lo cual terminaba en estallidos de violencia. Los mistis se valían de sus conexiones con los diferentes niveles de la autoridad pública para que las fuerzas del orden reprimieran a sangre y fuego tales manifestaciones, reafirmando la posición que, desde siempre, correspondía a cada cual.

3597958451_01dbb86f91

El problema del indio en el Perú nunca fue más que un ensayo de los siete que Mariátegui supo explicar y nadie entender (ahora, cuando los leen en un colegio público de Ayacucho, la sospecha de sedición ronda las aulas, máxime si quien lo propone es del sindicato nacional de profesores 4) . El problema del indio es esa parte de la historia que ningún museo del Perú puede exhibir todavía como vestigio, mal recuerdo u holocausto de caserío. El problema del indio es no comprender que ese infeliz destino de subordinación mantuvo regímenes patrimoniales a costa de servilismo y exclusión. Las épocas de supuestas reformas en repúblicas aristocráticas no se distanciaron del uso de la dominación. Nos tumbamos etapas de maduración. Somos hijos de la contrarreforma.

Las haciendas de la costa, la producción del guano y del salitre, el oro y el cobre del Perú existiendo bajo la férula de una sociedad esclavista. No nos mató la pobreza ni el tardío industrialismo de la época; primero nos mató el derroche, luego el crédito desmedido y nos remató el apetito insaciable del caudillo. No nos condenó la derrota del Pacífico, ni nuestra propia postguerra; sino poner la carreta de la renta antes que los caballos de la producción. Hoy la inversión es un peculiar sinónimo (casi totalizador) de democracia. ¿Cuándo se jodió esta moderna palabra? Cuando la hicieron hermana menor de la tecnología. Cuando prima la preocupación mientras los ratios de ganancia no compensan la guardia al político y a su especulación demagógica. El dato geográfico no es fortuito en este episodio forestal; es más atractivo vivificar el suelo en la urbe que hacerlo sin recompensa mediática en lo aldeano, y cuando se hace lejos del ruido urbano, cuesta entender la dimensión histórica del rechazo.

Hemos heredado las formas coloniales de autoridad; hemos institucionalizado el clientelaje en los contratos por el capital. La novela de las licitaciones y sus ilícitas comisiones en el Estado no debieran ser impunes expresiones del oportunismo de turno, pero ya se han convertido en columna de podredumbre moral en un espacio de reglas sin cumplir, enfermas de arbitrariedad. Patente señal de desconfianza.

Fuimos incapaces de crear símbolos integradores en tiempos de división. Todos mestizos pero ninguno semejante. Así, no fallamos en garantizar la continuidad del caciquismo, listo para amansar las fútiles tensiones. La administración se centralizó y desde entonces nos convertimos en afortunados usuarios de la caridad burocrática.

Pero la identidad y semejanza se abolió también del otro lado. Ver obstruido el diálogo entre campesinado e indígenas con la clase política fulminó los restos de una integración que no dejará de ser ilusoria. Ellos, los otros, a quienes nombramos distantes y ajenos hicieron lo que les tocaba. Por eso, alguna vez, comunidades campesinas, en provincias y en la capital, luego de la ocupación chilena declararon no adhesión con el ocupante pero sí desapego con las fuerzas resistentes(5). ¿Había razón para que los explotados se identificaran con los explotadores?
Mientras escribo estas líneas llegan a mi correo comentarios de economistas como Carlos Adrianzén(6) y Daniel Córdova (7) diseñando explicaciones propias de su oficio respecto de los grises resultados de la derogación de los decretos que encendieron la selva peruana pocos días atrás. El primero no titubea en expresar que la esencia del conflicto por el que murieron más de veinte policías y alrededor de una decena de civiles es económico (por la pobreza perpetuada en esa zona al dejar sin efecto tales decretos, es lo que nos deja inferir). Responsabiliza, entre otros factores, de la débil e ineficaz respuesta del Estado frente a esta crisis, a los acuerdos firmados por éste en la OIT, en donde, según sus propias palabras, esta organización mundial y gracias al auspicio de alguna ONG los nativos tienen la potestad de cuestionar la legislación nacional en estos temas.

No es extraño encontrar razones económicas lógicas aunque, infelizmente, excluyentes de otras cuando provienen de la tecnocracia hábil e intuitiva si de implantar o promover negocios a gran escala se trata. Por ello, eso de el meollo del asunto es económico, para muchos que comparten esa visión unívoca, ayuda a simplificar la solución. Pero deviene paradójica la crítica sobre un acuerdo entre el Estado y la OIT que otorga voz a las comunidades indígenas del país(8) .

Si de lo que se trata es de ser fiel a los intereses nacionales sin interferencia de recomendaciones o mandatos multilaterales que puedan arriesgar nuestros propósitos económicos o políticos, abdiquemos entonces a su jurisdicción, pero, en esa congruencia, renunciemos a todos los acuerdos firmados con la comunidad internacional y no pretendamos, con cierto oportunismo, admitir sólo la intervención de algunos como la corte de La Haya o la OMC cuando nos favorezcan –tan necesarios, por cierto, para moderar nuestras relaciones con el exterior– y rechazar a la OIT porque en su seno se refuerza la idea de la consulta a los nativos ante proyectos de inversión como los planteados en esos decretos, asumiendo automáticamente una pérdida con esta condición. Al respecto, sólo queda esperar una propuesta legislativa de Adrianzén para salir de la regulación de la OIT, o, en su defecto, eximirnos del artículo que conmina al Estado a consultar a la población nativa, y así, al obviar este paso, facilitar la imposición de las inversiones sin espacio para el cuestionamiento (sin mencionar su posible rechazo). Por otro lado, observar el trato nominal que se hace desde posturas que defienden, irrestrictamente, el libre mercado, al hablar de alguna ONG que participa del descontento y la objeción sobre estas normas, con inocultable ánimo despectivo y sumido en lo abstracto (muy parecida a la ya apática etiqueta de caviar para nombrar a los defensores de los Derechos Humanos afines a la izquierda) nos recuerda el oprobioso apodo que, desde el opuesto carril ideológico más romo, nos ha reducido a lo neoliberal. Inhibirse de este intercambio de rótulos resultaría pertinente para empezar cualquier diálogo responsable.

La premura en las declaraciones empujadas por esa no siempre atinada efervescencia económica también produce conclusiones irreflexivas que en vez de allanar el terreno para la comprensión, lo revuelve. No ocurre, como dice Adrianzén, que, ahora, ante cualquier frustración esperada en las zonas (de conflicto), se ha aprendido que tomar carreteras y asesinar policías da resultados. Ciertamente, y forzando un mejor análisis, lo ocurrido es que cuando un sector de la población tiene un reclamo, carece de los canales institucionales para tramitarlo(9) (los partidos políticos, inoperantes y mezquinos, no son vehículos representativos de propuesta). Entonces, para mostrarse, primero se recurre a la marcha callejera para ver si los políticos en Lima llegan a enterarse. Como la llanta quemada ya no impresiona a nadie(10) , y menos al Presidente que confía en que la protesta de cincuenta días llegará a doblegarse por simple cansancio, es que posteriormente, se agrava la crisis y ocurre todo lo que Adrianzén menciona, hasta generar esas muertes innecesarias. Pero, después de todo ese círculo de improductiva y nefasta espera.

Córdova converge en los mismos postulados. Probablemente, su singularidad en el esbozo de sus juicios está en la mención que hace de Luis Alberto Sánchez para referir que en términos culturales, y en el ámbito legal el Perú es aún un país adolescente. No es habitual la referencia histórica en los argumentos de la economía contemporánea expuestos en los medios. Algo que, cuando se exhibe con lucidez, se agradece. Pero, aquí, es insuficiente. Si el desarrollo sostenible de la selva, además de la sabia explotación de sus recursos conlleva, también, a reducir el déficit de servicios como el de la educación producto de esa inversión en infraestructura y calidad, por qué, en consecuencia, no se utilizó esa institución informal o cultural como lo es el diálogo y la consulta para propiciar en los nativos simpatía a esta oportunidad de desarrollo. Tal vez no lo advirtió, pero Córdova prescinde de una clara disquisición que Sánchez pinta en su retrato de país adolescente: El choque con el medio exterior trae como consecuencia una exacerbación cuasi frenética del sentimiento de justicia en el joven. Buscan en el partido, en el sindicato, en la calle, algo que la escuela no ha sido capaz de proporcionarle(11) . Un análisis adicional al económico, como observamos, hubiera servido para saber que donde impera la precariedad educativa se debe imponer la paciencia y la persuasión. No el decreto botarate.

El extremismo medra con la débil autoridad y la displicencia del aparato estatal. Ocupa los resquicios que la obsesión antidialogante deja y los aprovecha para expandir su ferocidad. Es cierto, cuando el sistema democrático se defiende aparentará ser el agresor. Y esta larga costumbre de autoculpabilidad (como durante la guerra fría, ante los ataques del comunismo) ha llegado incluso a ser aceptada por la prensa libre y los responsables políticos, que siempre los habrá (por eso son exigibles las cartas de renuncia de los principales involucrados del gabinete ministerial en esta evitable tragedia), salvo en dictaduras. Por eso, derogar o suspender estos decretos no debe significar derrota democrática, al contrario, lo democrático, alimentado del disenso, puede considerar su victoria, aunque suene incoherente, en el empate, porque significará que es capaz de ceder, algo que los fundamentalismos no conciben. Valerse de los fracasos de modelos autócratas, ideológicamente impermeables, es la tarea crucial de la democracia para fortalecerse y volverse eficaz. Y eso no significa luchar con las mismas armas del extremismo, sino observar sus claros éxitos y reveses en la historia económica, política y cultural del país para formar un mejor frente de respuesta.

Esto, indudablemente, funcionará si los técnicos no se forman al margen de la cultura sino dentro de ella(12) . Con una elite bastante inculta, adiestrada para ganar dinero, a la que no se la ha enseñado a gozar de la cultura, sin la pasión por el conocimiento de nuestras complejidades, el camino se hace estrecho y paralizante.

Arequipa, 12 de junio de 2009.

Notas al pie

(1)Humboldt en el Perú, Diario de Alexander Von Humboldt durante su permanencia en el Perú. Piura: CIPCA, 1991.
(2)Zea, Leopoldo. Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica. Colegio de México, 1949.
(3)Cotler, Julio. Clases, Estado y Nación en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos. Tercera edición. 2005. Lima. Pág. 18.
(4)Escolares de Ayacucho acusaron a su directora de calificarlas de terroristas. Una de las razones de la acusación fue porque en clases leen libros como “7 ensayos de interpretación de la realidad peruana”, de José Carlos Mariátegui. El Comercio, 27/05/09.
(5)Pueblos enteros declararon su “neutralidad” en el conflicto a fin de eludir el pago de las contribuciones forzosas que exigían los chilenos. (6)Ibídem. Pág. 125.
(7)Adrianzén, Carlos. Hablemos claro. El Comercio 11/06/09.
Córdova, Daniel. Bagua, AFP y debilidad institucional. Gestión 11/06/09.
(8)El artículo 6 del Convenio 169 de la OIT exige consultar a los pueblos interesados, mediante procedimientos apropiados y en particular a través de sus instituciones representativas, cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarles directamente.
(9)Álvarez Rodrich, Augusto. Se cayó el sistema. La República, 11/06/2009.
(10)Ibídem.
(11)Sánchez, Luis Alberto. El Perú: Retrato de un país adolescente. Biblioteca Peruana. Tercera edición. 1973. Pág. 196. Lima.
(12)Ibídem. Pág. 210.

Sieteesquinas.com:Yo (el que postea este texto) como tres esquinas y media había decidido no hablar más del tema, pero esta colaboración debe ser posteada, por el hecho de ser eso mismo…Sin embargo veremos la acogida del tema por medio de comentarios para ver si amerita algún artículo , si deseas manda tu punto de vista a nuestro correo en sección contactos (En la barra superior de la página peee).