Jorge Luis Ortiz Delgado
Estudié administración. Me equivoqué. Debí haber estudiado periodismo pero también me habría equivocado. Intenté darle forma académica a mis impulsos literarios con una especialidad. Me equivoqué. No haberlo hecho habría parecido un tiempo vacío pero sé que fue un tiempo infecundo. Visité París para no volver a ser el mismo, busqué contagiarme de cierta soledad apátrida para escribir, afiebrado, crónicas redimibles o patibularias sin necesidad de gustarle a nadie. Me equivoqué. Escribo mal, poco y para el resto. He terminado, como ahora, escribiendo sobre un viaje de papel.
Me llamaron para donar sangre con la urgencia de la muerte vecina. Acudí como acudo a todos los llamados de auxilio que me hacen: tarde. El muerto no esperó y mi sangre continúa su trayecto impasible. Tengo el tipo de sangre que un cuerpo involuntarioso como el mío no merece. He descubierto que me habitan los remedios equivocados.
Coincido con Marguerite Duras. En la vida llega un momento al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: los amigos, por ejemplo. He esperado diez años para decir lo que acabo de decir. He perdido amigos que no pretendo recuperar. Los prefiero de jueces y lectores, embebidos de pueril menosprecio hacia trazos y garabatos como este. Así nos llevamos mejor. Así reímos mejor.
He madurado bajo la sospecha de haberme equivocado cada una de las veces que he comprado un libro. Robarlo y no leerlo me hubiera hecho menos nocivo. Pero creo que quizá me haya equivocado menos cuando pretendí expandir los límites de la realidad con las ardorosas transformaciones que la Literatura me dispensaba y, así, sólo así, compensar la pequeñez de la vida diaria. Me equivoqué. No me bastaba, por eso me puse a escribir (poco, mal) y fui nocivo para el resto.
Escogí un oficio de saco y corbata. Me equivoqué. Debí haber hecho caso al compañero de escuela esa tarde nublada de martes, antes de las clases de educación física ya con todo el griterío instalado en medio del césped y reunido entre los arcos, cuando me alentó a inscribirme en el equipo. Debí ser el delantero derecho que la selección de mi categoría buscaba. He viajado hasta ese momento y descubrí que de hacerlo también me habría equivocado.
Me equivoqué con todas las claves de acceso a mis cuentas personales: todas obvias y mínimas. Todas, por tanto, violadas y escudriñadas. Me equivoqué con el formalismo de la última conferencia que dí. De imaginar que era la última, hubiera divertido al minúsculo auditorio con hondos sarcasmos para zaherir contra la gloriosa hornada nostálgica de mayo del 68 o de la revolución cubana. Pero también me habría equivocado.
Me equivoqué y me volví a equivocar. Son hechos sin eco alguno. Y aunque estos deberían bastar para resumir un periplo de yerros (y falsos arrepentimientos) hay algo que me redime, algo que me restablece, algo que me solivianta: La voz de Valentina pidiéndome que la suba en mis hombros o que le compre un néctar en caja para saciar su naciente y prometedora sed, recordándome con cada sílaba suya que todos los caminos recorridos, todos, para llegar a ella, nunca fueron ni serán en vano.
Arequipa, 28 de diciembre de 2009
P.d. Comparto este deseo de un amigo y maestro argentino contigo: Qué el año entrante llegue rodeado de palabras razonables, libres y desinhibidas, pronunciadas a pesar de todos los temores.
Por sieteesquinas.com: Agradecemos a los lectores y les deseamos un felíz año desde sieteesquinas.com y a seguir equivocandonos. Que mejor que mediante un escrito a nuestros mails que aparecen en contactos, escribannos, mandenos material; sino morimos.

