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La Arequipa de mis sueños – Por Mauricio Huaco

Artículo publicado en el semanario El Buhó, copio la mitad de este artículo que me pareció interesante y acá el link para que visiten la web de El Búho y lo lean todo.

 

Por: Mauricio Huaco

En foto: Diseño del futuro centro financiero de Arequipa en Cerro Colorado, se supone en obras.

Arequipa ya bordea el millón de habitantes y ocupa, entre suelo urbano y rural, alrededor de 250 km2, pero adolece de una gestión que le imprima un sólido carácter como área metropolitana. Históricamente, Arequipa es producto de la adición de varias miniciudades y ciudadelas, de varios pueblos y barrios, así como de culturas y cosmovisiones diversas; sin embargo, todavía muestra características de un pueblo grande que quiere dejar de serlo para asumir un rostro más moderno, de ciudad, de metrópoli, pero que aún le cuesta conquistar debido a una serie de taras y defectos congénitos que unos reconocen y otros prefieren ni hablar del asunto.

Entonces, ¿qué es Arequipa urbanísticamente hablando? Hace 471 años que nació sobre la traza de un caserío indígena para acomodar un asentamiento de conquistadores ibéricos; y después de todo ese tiempo, una metamorfosis sociocultural nos ha llevado a la Arequipa de hoy, una que tercamente convive con su pasado, pero que también sueña con el futuro de una “nueva Arequipa” de cara al siglo XXI.

¿Es Arequipa una ciudad moderna? Cómo atreverse a confirmarlo al ver sus tormentosas calles rebosantes de combis y ticos; de su basura regada en esquinas, de su aire poluto y cargado de pestilencias; de sus, cada vez más, lejanas campiñas y sus, cada vez más, cercanos mamotretos de concreto -dizque edificios-, haciendo que uno termine aterrado ante el grado de calcutización que ésta pretendida “ciudad moderna” nos regala a diario, sin que nadie haya podido girar el timón hacia mejores puertos.

Parte final del artículo acá

Ella no votará por Fujimori – Por Jorge Luis Ortiz Delgado

Cómo desearía escribir un apasionado artículo tomando partido por la libertad y el respeto por los propios principios como lo hizo Patricia del Río este fin de semana (Por favor no insistan, 30 de abril de 2011, Perú 21). Ella mira a su hijo jugar con sus trenes y se le encoge el corazón ¿Por qué se vuelve a joder el Perú? Quiere proteger a su hijo con sus decisiones, asegurarle el futuro, pero sabe que es imposible. Lo único que le queda es ser consecuente con sus convicciones, enseñarle que sus sensaciones de impotencia ante la adversidad o el miedo de la futura elección no pueden transformarse en acomodo del momento y justificación oportunista. Ella no votará por Keiko Fujimori a pesar de los temores que genera el plan formal de gobierno de Ollanta Humala. Ella no votará por el autoengaño, por la fastidiosa insistencia persuasiva de su entorno (¿acaso quieres que nacionalicen el colegio de tu hijo?), ella no elegirá con criterios tecnócratas ni economicistas, ella votará por lo vivido, por lo que le dictan su fibras sensibles de ciudadana; precisamente, ella votará por el legado que dejará en su hijo, por la convicción de que hay reglas inquebrantables para vivir en sociedad como el respeto a la libertad y a la dignidad de las personas que el gobierno de Alberto Fujimori y de toda su grey que hoy auspicia y rodea a la hija del exdictador sepultaron bajo homicidios y escandalosas expresiones de corrupción.

Patricia del Rio: mejor que el pan tres puntas con adobo.

Pero en el intento de ser apasionado he trastocado muchas veces los linderos de la sensiblería pura. Así que me quedo con ese gesto de indignación que la periodista muestra en unas cuantas líneas, tan breve pero elocuente, tan directa en el lenguaje y profunda en la reflexión, sin enredos ni demagogia (he llegado a compararla con Rosa Montero, la columnista, la de expresiones a flor de piel, sin medias tintas). Me quedo con ello y añado mi desconcierto: cómo no entender que una sociedad moderna no es, en primera instancia, un modelo de mercado flexible con sus derivaciones en producción y rentabilidad, sino, la institucionalización de las libertades políticas, ese posicionamiento de la cultura democrática a la que tanto debería aspirar este país con sus índices de crecimiento económico que poco, seguramente, ha hecho por ese 31% de peruanos que eligieron, en primera vuelta, no estar al margen de los índices macroeconómicos ni de las notas aprobatorias internacionales de los bancos de inversión.
Todos los arrebatos populistas de los gobiernos deben ser frenados en el más breve plazo, porque estos exigen a cambio del favor estatal la obediencia unánime que tanto perjuicio ha producido a sociedades que pretendían salir del caudillismo como modelo centenario de autoridad. Eso ocurrió durante la década fujimorista, aparte de lo que aconteció en La Cantuta, Barrios Altos, el descabezamiento del Tribunal Constitucional y lo que nos enseñaron los videos de la prebenda editorial, militar y política. Gobiernos, o mejor dicho, desgobiernos como los del clan Fujimori adormecen la capacidad de emprendimiento en la población, atentan contra el discurso y la práctica de competitividad que mucho esfuerzo ha requerido de los empresarios y adherentes al capitalismo severo pero necesario durante estos diez últimos años. Es verdad, quizá sería suicida pensar en una nueva clausura congresal con tanques y soldados apostados en las plazas y los medios de comunicación para detentar el poder con o sin el favor de las masas y de leguleyos comprados con el dinero del sabotaje estatal, pero los márgenes de asistencialismo a los que llegamos con Fujimori, arma homicida del aparato productivo del país –como lo fue la reforma agraria de Velazco Alvarado– son la puerta de entrada de forma menos militar y más “civilizada” al despotismo disimulado, soslayado e impune.
Pero los empresarios esquivan grotescamente su mirada. En sus cuarteles de gestión numérica el riesgo de las proyecciones de sus propias utilidades imperan sobre el proyecto país que el Perú necesita. Lo acaba de decir Hildebrandt: Pudimos tener un país y lo que permitimos fue un mall. Perfecta excusa para el continuismo sin reformas primordiales de Estado. El paternalismo económico de Fujimori, extrañamente, no los ahuyenta, al contrario, lo prefieren ante el apocalipsis de Humala (dicho en el sentido de mera especulación bíblica). Hoy incomoda tanto la posición de Mario Vargas Llosa sobre estas elecciones que, posiblemente, el aplauso y la admiración del Nobel estén descansando en paz en el recuerdo del ganado mayor de la elite empresarial. Quizá ya su popularidad entre algunos liberales económicos (vaya, luego de 13 años de no entenderlo, tal vez ya caigo en cuenta de que va el ser “neoliberal”) haya descendido tanto como su propio juicio ético. Hay liberales, por ejemplo –dijo el escritor en un discurso en homenaje a las personas que defienden la democracia–, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas. Y para atizar más el fuego del repudio ante esta incongruencia, remarcó: Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía (…).El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza (…), Pero es también un mecanismo implacable que, sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.
¿Cuál es la cultura de los que se empecinan en dividir la libertad en dos, en tres, en cuatro? ¿La cultura informativa de los medios que antes de favorecer la transparencia y el debate de ideas se inclina por los trucos autoritarios que convierten en carne de carroña al periodista que no apoya al candidato del dueño del canal o la radio? Lo ocurrido en Canal N me deja perplejo. El medio símbolo de la resistencia democrática en el último tramo del gobierno fujimorista es, hoy en día, la sombra de lo que significaría un nuevo sometimiento editorial al germen de la manipulación política. ¿Acaso la cultura de los que creen que las reformas para hacer más eficiente el mercado prescindiendo de un sistema judicial independiente es la que debe regir para superar cualquier obstáculo hacia la modernidad? ¿Cuál es la cultura de los que asumen la urgencia del crecimiento económico como pilar del país antes que el de la libertad política?
Qué rabiosa actualidad, diría Savater. El que las esperanzas deban ser abrigadas del miedo. De ese miedo que Patricia del Río siente cuando la defensa de la libertad se debate entre discursos con carga ideológica confrontacional y quienes fundan su afinidad a un gobierno, del que la candidata del fujimorismo fue parte y no testigo, que usó el poder para corromper y expandir el latrocinio a escala física y mental. Es momento de elegir. Cada uno, en su vida cotidiana tiene reductos de propiedad que defender, sobre esos criterios personales se sostendrá una elección. Pero de lo que se trata no es de claudicar a esos intereses individuales a favor de los colectivos, sino de recordar, ante todo, los verdaderos intereses que como comunidad tenemos adjuntos a la naturaleza de la que formamos parte: la humana. Y lo que nos caracteriza como tales es la parte en la que nos tratamos con decencia. Y en la que no permitimos que se quiebren las instituciones políticas del respeto mutuo en medio de las discrepancias e identidades.
Por ello, y subrayando lo dicho por la sensible y, con mucha razón, enfurecida periodista, una cosa es pedir disculpas, por lo delitos cometidos en el gobierno de los noventas y otra pedir votos que den segundas oportunidades a quienes, en el fondo, consideran que Alberto Fujimori fue el mejor presidente de la historia del Perú, cuando en realidad representó el nivel más abyecto de gobierno en la historia republicana del país visto en pantallas de televisión, corroborado en gruesas aunque no secretas cuentas bancarias del exterior, salpicado con la sangre de estudiantes “sospechosos” para el régimen, confabulado con los apetitos voraces de los dueños de medios de comunicación y atraído siempre por la tentación de derribar toda estructura política que le impidiera su camino autocrático y felón.
Patricia del Río no votaría jamás por Fujimori. Con mucho menos resignación, yo tampoco.

Arequipa, 30 de abril de 2011

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[Artículo] Lecciones de Fukushima: Por Carlos Bellatín

Si hubiera previsto las consecuencias,
me hubiera hecho relojero.
(Albert Einstein, sobre el desastre atómico de Hiroshima y Nagasaki)

 

El científico Edward O. Wilson, responsable del concepto de biodiversidad, ha advertido que si toda la humanidad consumiera como en EEUU se necesitarían 4 planetas Tierra para sustentarla.

No es difícil notar que otros países ricos y la clase alta de los países subdesarrollados siguen el patrón consumista de EEUU, y que a él aspiran las clases bajas; así que este es un mal que se está tragando a la humanidad. El consumismo es el acto de consumo que dejando de ser un medio desplaza a la satisfacción de necesidades como finalidad que le da sentido. Es un caso de enajenación del medio convirtiéndose en su propio fin, y como tal conlleva la ideología del menor esfuerzo. Por eso este patrón de comportamiento le ha perdido el respeto a la propia biósfera, porque siendo su propio fin no requiere de otra cosa que lo justifique.

En esta coyuntura léase: hágase el menor esfuerzo y con una planta nuclear obténgase la energía que nos costaría demasiado con paneles solares, hidroeléctricas, molinos de viento y sistemas de captación de energía de las mareas… todo esto sin advertir que buscamos energía de consumismo y no de consumo.

Como bien lo han descubierto los científicos, el cerebro humano no busca la verdad sino sobrevivir. Pues no habríamos llegado evolutivamente a donde estamos si nuestro cerebro no nos hubiera reconstruido, mediante la percepción, un mundo que se adecúe, éticamente incluso, a nuestra realidad y conveniencia individuales y a la solución más holgazán que resuelva nuestros problemas inmediatos… y después ya se verá, alguna nueva solución vendrá, más holgazán aun.*

Pero en los meandros de la evolución natural los riesgos que se corrían no eran equiparables a los de hoy: gracias a mentes que, paradójicamente, no se conformaron con soluciones holgazanas, sobrevinieron la filosofía, la investigación científica y con ésta la alta tecnología. Pero aquellas mentes eran excepcionales; el resto de la humanidad sigue siendo en general lo conformista, dogmática, ociosa e imitadora de las mayorías, que fue desde sus orígenes. La siguiente imagen es clara: un hombre domina el fuego en una experiencia creadora que le significó conocer sus peligros, luego el fuego dominado cae en manos de los niños que no han vivido esos peligros, y ahora ¿qué hacemos con manadas de niños enamorados del fuego?

Lamentablemente los humanos, que nos hicimos esta especie que somos por imitación**, no solemos imitar los logros de provecho mediato del filósofo o los del científico, no menos inteligentes y creativos que los logros vistosos y de uso inmediato del científico-tecnólogo.

Parece que este patrón consumista es irreversible. Con nuestro cerebro haciéndonos preferir la solución inmediata con el menor esfuerzo, con la facilidad con que manipulamos el núcleo de los átomos, con la irreverencia con que tratamos a la naturaleza y la vemos como almacén de metales preciosos y combustibles fósiles; nuestro futuro como especie no da mucho para el optimismo.

Desgraciadamente no se trata de costumbres que se puedan revertir, ni de comportamientos aprendidos que se puedan desaprender. Se trata de nuestra constitución orgánica, de cómo funciona el cerebro. Somos una humanidad vanidosa y holgazana que no está preparada para sus científicos, y una humanidad que no aprende de sus errores: aprender significaría quebrar esa tendencia a hacer el menor esfuerzo, y eso ¡maldita sea! es orgánico.

El reto a la creatividad humana es muy grande si es que queremos mantener este esquema de vida comodón globalizado sin borrar del mapa nuestra civilización. Pero hay visionarios que ya atisbaron soluciones.*** Debemos ser capaces de quebrar nuestras costumbres, de repensar si queremos, si son ciertas, las necesidades que creemos tener: debemos desglobalizarnos primero, y primitivizarnos después. Es muy inteligente y asombrosa nuestra tecnología pero si no tenemos la estatura moral ni espiritual, hay que abjurarla.

Por supuesto que es una tarea titánica. Creer en esta posibilidad es incluso contrariar las leyes de las ciencias sobre el hombre; pero aun si no lo hiciéramos, y si no se nos ocurre antes alguna mejor alternativa, el resultado sería siempre la aquí propuesta primitivización de la humanidad, en aquel caso póstuma a lo que somos.

_______________________________

* Documentos sugeridos: A Mind of Its Own, libro de Cordelia Fine; y “El cerebro no busca la verdad sino sobrevivir”, entrevista que Eduardo Punset hace a la investigadora.
** Los antropólogos evolutivos han probado que junto con el desarrollo de la capacidad intelectual para resolver problemas creativamente, fue la imitación, factor esencial del origen de la cultura, la que nos permitió sortear mil y un obstáculos de vida o muerte en la sabana africana.
*** Unos de ellos es el cineasta japonés Akira Kurosawa en “Sueños”, donde vislumbra una aldea que vive en comunión con la naturaleza, como respuesta a la amenaza de devastación de la manipulación del núcleo atómico con fines bélicos y de suministro energético; y en “El cazador”, película en que plantea el sinsentido de la civilización a través de la visión de un cazador que vivió siendo parte de la naturaleza.

 

Encuentra más de este autor en su blog:

ESCRITOS DE CO-RAZÓN

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[Artículo] De libros y manías – Por Jorge Luis Ortiz Delgado

Jorge Luis nos narra algo sobre obras importantes…desde su punto de vista; y algo más.

De libros y manías

Por: Jorge Luis Ortiz Delgado

Dar La vuelta al mundo en ochenta días me demoró, realmente, un mes veraniego. Di esa vuelta sin experiencia de viajero literario, salvo por La cabaña del tío Tom en la que me hospedé un par de semanas. Ahora que lo menciono, no preservo con exactitud el recuerdo sobre cuál de estas dos aventuras gocé primero. Lo que sí conservo de ellas es la sensación primigenia de haberme sentido un esmerado seguidor de historias –bella dosis de magia y descubrimiento. Sin advertirlo, esto era un augurio de que me estaba convirtiendo en algo para lo que, oficialmente, no me habían educado: Me estaba volviendo lector.
De las invenciones de Cortázar, además de evocar el encanto de los desenlaces desconcertantes de sus cuentos, menos metafísicos aunque con parecida sustancia enigmática que los de Borges, he logrado retener en mi memoria olfativa el olor de las hojas de aquel libro de tapa oscura y dura, papel bulky y costura fija. Sus páginas amarillentas junto a una transcripción con aires de antigüedad le daban al texto –a pesar de tratarse de una edición, por entonces, reciente, para venderse en oferta junto a un diario importante– la calidad de objeto preciado. Olisquear sus hojas y descifrar en sus rugosidades lo más cercano a lo añejo, era un ritual cada cierta página. Muchos años después aun conservo intacto el bálsamo que emanaba de su interior, trayendo consigo la época en que el misterio, lo insospechado y el ruido de las puertas desvencijadas y los pasos lentos y calculados median la intriga de un joven estremecido con lo que leía.
Hubo un tiempo en que, por curiosas circunstancias, cada año lo iniciaba con un libro ajeno en mis manos. Eran libros prestados –costumbre ya olvidada, porque aprendí con sufrimiento que, sólo reprimiendo mis ganas de subrayarlo todo, no debía dejar marca alguna sobre los pensamientos o hechos que me deleitaban del texto, a no ser que el libro fuera de mi propiedad–, a los que no tenía acceso por inconcebible desconocimiento o coyuntural limitación económica. Así conocí a Savater, por ejemplo, mientras le mostraba a Amador, con audaces paradigmas, de lo que iba la ética. Otro libro del mismo autor con el que padecí algo parecido fue El diccionario filosófico, en donde se prodiga inteligencia con cada punzante definición. Devolverlos fue parte, también, de otro indecible dolor.
Aunque ese rito de inicios de año haya caído en desuso, existe otro que permanece vigente y está por cumplir una década de práctica. Este ha consistido en anotar en la parte posterior de esas agendas ejecutivas de citas y recordatorios, el título, el autor y la fecha exacta en que termino de leer un libro. No recuerdo por qué inicié este sistema. Tal vez, al reconocerme distraído y ligero en cuanto a lo leído no quería dejar de tener presente que para cualquier ansia de relectura o emergencia temática frente a un trabajo académico, o un artículo por escribir, estaba la fuente, allí, al alcance de uno mismo en una biblioteca que nacía y se volvía prometedora. O quizá, simplemente, por pura vanagloria: En efecto, ¿cuántos libros podía leer en un mes o un año? Hoy, repasando esta lista puedo corroborar que el año en que leí la mayor cantidad de libros fue en el 2003, un año especialmente literario pues fue cuando hice una especialización en letras, escapando a todos los dictados obvios del oficio y la profesión. Igualmente, fue el febrero del 2006, un año dedicado puramente a investigaciones y tesis de maestría, el mes de mi récord personal de diez libros devorados.
Los recomendados. Son estos los libros que por razones amicales uno tiene casi la obligación moral de leerlos. Por lo general, no decepcionan si quien los recomienda ostenta el buen gusto literario, y ya posee, como los pilotos de avión, un buen número de horas de vuelo letrado, para reconocérseles y confiárseles como tal. ¿Y qué de la amistad químicamente pura, sin consideraciones intelectuales de por medio?, ¿habría que poner reparos de antemano ante cualquier recomendación que viniese de alguien cuyo hábito se aleja considerablemente de la lectura a pesar de la cercanía de los afectos? Lo curioso de este caso es que antes de pretender herir cualquier susceptibilidad o rozar, al menos, las fibras sensibles de nuestra amistad, lo que hice después de leer el libro que Francesca me dio cumplió todo lo contrario. Esto sucedió con El alquimista de Coelho. Un autor que nunca se enroló en el inventario de mis preferencias. Fue sólo que apelando a la atenciones que me rendía con sus oraciones en las que me encomendaba al santo todavía no muerto del sodalicio, Figari, y a sus constantes invitaciones al MVC ella –seguramente hoy, soportando los gélidos vientos escandinavos– me pidió que leyera el libro del brasileño para despercudirme de todos los prejuicios que tenía de él y su obra. Yo asumí que mis prejuicios sobre Coelho eran los más sustentados de todos los que por aquella época tenía: Ninguna revista literaria reconocida colocaba alguna publicación del autor entre las mejores criticadas, o su mediana religiosidad impregnada de ese esoterismo melifluo de que era acusado lo definía como un autor almibarado. En fin, estaba fuera del canon por convención literaria, le decía a Francesca cada vez que me hablaba de la calidad sanadora de sus narraciones.
Sin embargo y ante una promesa que demoré en cumplir, accedí a leer a ese curandero de la prosa. Increíblemente llegué hasta la última página. El día que fui a devolverle el libro (demás está mencionar que me lo tuvo que prestar) me pidió que no le hiciera comentarios, en ese instante, sobre lo leído. El alivio de no zaherir su predilección hacia ese tipo de lecturas con ciertos apuntes míos se me notó en el suspiro que di al sentarme en su sofá de cuero ajado. Me pidió que no le dijera nada, escribe lo que te pareció y me lo envías, por favor, me dijo. Dos semanas después, El Búho publicó el artículo Coelho o bajo el cielo de un optimismo exagerado. Al día siguiente encontré un breve y elocuente mensaje de Francesca en mi correo: Exagerada y presuntuosa es tu opinión de escribidorzuelo. Jódete.
Entre otras ocurrencias librescas puedo recordar el inusitado y apagado sollozo que me produjo la última carta de La Resistencia de Sábato, sobre la decisión y la muerte, cuando se entiende lo decisivo que es escoger entre ser fiel al destino que da la libertad y la cobardía de la resignación. La mejor lección de claridad en las ideas, limpieza de los argumentos y goce del juicio ético los disfruté con Jean Francois Revel. El retrato de Dorian Gray es una oda a la celebridad de las frases, a la perpetuidad de su recordación, por eso es el libro que padece más trazos, rasgos y notas al margen de los que tengo. Libros de viaje, varios, pero dos permanecen petrificados en mi memoria por la forma cómo estos me abstrajeron de manera absoluta con sus líneas, sin licencia ni tregua para mirar por la ventana del bus, algo impensado en mis rutinas de pasajero: La romana de Moravia y El vuelo de la Reina de T.E. Martínez. La única novela que leí –además del puro placer de hacerlo– con el propósito de ver, antes de su estreno, la película que habían hecho de ella, fue La guerra de los mundos. Nunca llegué a verla. Y así, son innumerables los acontecimientos que han afinado o sellado mi relación con personas, recuerdos y lugares a través de obras que me enseñaron a nostalgiar mejor, como diría Benedetti, y a salvar la vida.
Porque leer un libro es renunciar a la voluntad de la personalidad, a sus quietudes y exabruptos. Es claudicar ante el dominio de sus atrevimientos ficticios. Someterse a la dictadura de sus embelesamientos. Es no oponer resistencia al enajenamiento de la excursión literaria y al desahogo en medio de caudales agitados por palabras. Leer es un momento en el que se intensifican, sin saberlo necesariamente, todas las esperanzas de una vida mejor, cuando el entusiasmo diario abandona la serenidad para convertirse en éxtasis celestial.

Arequipa, 05 de febrero de 2011

The Painter of Berlin (6th century BC) Greece-540adc

Las taras del amor (occidental)

POR CARLOS BELLATÍN

    “Yo no quiero un amor civilizado.”
    Joaquín Sabina

    “Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
    Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.”
    Silvio Rodríguez

Cierta vez me animé a preguntar a varios compañeros universitarios si habían tenido alguna relación de pareja en la que no hubieran sufrido, seguro de que la negación unánime de la respuesta me permitiría establecer una ley humana que inexorable nos subyugase, inermes, defraudados. Poco después, convencido de aquel designio fatal, trataba de idear una ética defensiva cuyos principios estaban muy bien sentados en el poético final de un cuento de Oscar Wilde en que un estudiante enamorado, después de un sacrificio cruento, es traicionado por la muchacha que le robaba el sosiego.

- ¡Qué cosa tan necia es el amor! -se dijo el estudiante mientras se marchaba-. No es ni la mitad de útil que la lógica, pues no prueba nada, y siempre nos dice cosas que no van a suceder, y nos hace creer cosas que no son ciertas. De hecho, es muy poco práctico, y como en estos tiempos ser práctico lo es todo, me volveré a la filosofía y estudiaré metafísica.

Así que volvió a su habitación, y sacó un gran libro polvoriento, y se puso a leer. *

De esta vinculación fatal entre amor y sufrimiento los poetas han hablado hasta el hartazgo, unos lamentánola y otros incluso exaltándola, no sin componer obras cada vez más bellas. Lapidante y excelso es por ejemplo el poeta César Calvo cuando dice que “amores que no lastiman dan lástima”. Y uno de mis poemas preferidos sobre el tema, un hermoso soneto de Manuel González Prada, dedicado al amor, dice:

Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

Si eres un mal en el terrestre suelo
¿por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

Si eres nieve ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama ¿por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra ¿por qué la luz derramas?

¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida ¿por que me das la muerte?
Si eres muerte ¿por qué me das la vida?

En igual medida lo hicieron los cantores. Brillante en su letrística es Joaquín Sabina cuando dice:

Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren

Seguramente hasta aquí, estimado lector, además de haber pensado en cuántos más ejemplos de igual o mayor belleza, ya haya pasado por varios procesos emocionales de identificación personal y sorpresa estética, no exento de un sello conformista de lamento glorioso, pero de lamento al fin.

La buena noticia, o la mala para muchísimos, es que no estamos sentenciados por ningún designio natural ni divino. La investigadora Roxana Kreimer, autora de “Las falacias del amor”, nos dice esto que a muchos nos costaría creer:
“En Occidente ha prevalecido una concepción irracional sobre el amor. Curiosamente éste fue uno de los aportes más significativos de los antiguos griegos —fundadores de la cultura racionalista— a nuestras formas contemporáneas de entender el amor, y también una de las tantas razones por las que se ha establecido un nexo tan estrecho entre amor y sufrimiento. A diferencia de los hindúes, de los chinos o de los japoneses, los griegos no entendieron al amor como una virtud a ser cultivada sino como una enfermedad, como una forma de locura que, aunque muy dulce, puede destruir todo lo que una comunidad e incluso el mismo amante, valoran. El amor no fue considerado un arte, una práctica que se enseña, se aprende y se perfecciona, sino un mecanismo irracional, espontáneo, no intencional e inducido desde el exterior —mediante las flechas de un dios caprichoso— que deja al individuo inerme, a merced de fuerzas completamente externas a sí mismo.”

Esta enfermedad, que arrastramos en todas nuestras manifestaciones culturales, es llamada amor-pasión o amor romántico, y su origen ha sido identificado en las composiciones de los trovadores medievales, que culturalmente llevaron a toda una civilización a perder de vista la plasticidad del amor, el hecho de que pueda ser cultivado y construido creativamente. Y que además pueda ser abordado con racionalidad: el sicólogo Walter Risso, autor de buenos estudios sobre el amor, dice con estilo que racionalizar el amor no es cortarle las alas sino enseñarle a volar. Y lo mismo propugnan pensadores de fuste como Erich Fromm que ha escrito incluso, alejado del sentido facilista de los llamados libros de autoayuda, un manual que enseña el arte de amar. Ahí nos habla de pasiones y acciones: lo mórbido es creer que el amor debe ser pura pasión, cuando en verdad podemos potencialmente hacer de él lo contrario, sin sustraerle la maravilla. Y nos anima a practicar un amor activo, a edificarlo en nosotros con esfuerzo y voluntad. Pues como cualquier arte que se aprende y que a golpe de esfuerzo se hace sublime, tiene el amor un aspecto racional y un aspecto emotivo, un aspecto consciente y uno inconsciente.

En su “Estudio del hombre”, el antropólogo Ralph Linton critica el hecho de que, aunque en todas las sociedades haya afectos apasionados entre hombre y mujer, la nuestra es la única que los ha puesto como la base del matrimonio.** Dice Linton:
“La mayoría de los grupos los consideran (a dichos afectos) como una desgracia y señalan a las víctimas de estos afectos como tristes ejemplos. Su rareza entre muchas sociedades nos lleva a considerarlos como anormalidades sicológicas a las que nuestra propia cultura ha dado un valor extraordinario, del mismo modo en que otras culturas han realzado el valor de otras anormalidades. El héroe de la película americana moderna siempre es un enamorado romántico, lo mismo que el héroe de los viejos poemas épicos árabes es siempre epiléptico. Un cínico sospecharía que en cualquier población ordinaria la proporción de individuos propensos a un amor romántico tipo Hollywood no es mayor de lo que pudiera serlo la de las personas capaces de tener verdaderos ataques epilépticos. Sin embargo, basta un pequeño estimulo social para que cualquiera de los dos tipos pueda imitarse más o menos perfectamente sin que el imitador llegue a confesarse, aun a sí mismo, que su papel no es original.”

Este enfermo es entonces admirado y hay que seguir su ejemplo, porque si no sufre por ella no la ama. Y esta enferma que sufre y por quien alguien sufre es envidiada, hay que tener su suerte. Casi toda la literatura y el cine occidentales se han dedicado a afianzar esta conducta; algunas obras con variaciones irreverentes y subversivas, pero sin librarse a fin de cuentas del modelo romántico instituido.

Y como es de esperarse, y por el hecho de que la institución matrimonial ha surgido como una manera de instituir la propiedad privada a través de la propiedad sexual sobre la mujer, es ésta la que ha resultado siendo la más afectada por esta tara cultural. Las niñas son bombardeadas, desde antes de tener uso de razón, por innumerables estímulos que las hacen soñar en su futuro convertido en cuento de hadas, que las hacen pasar toda su infancia y adolescencia soñando con el grandioso momento de su matrimonio, el día en que comenzarán a comer perdices. Lo irónico es que cuando se instituyó el matrimonio en la Grecia antigua, tal fecha era para la mujer el día más triste de su vida, el comienzo de su infierno programado.***

Las cosas han cambiado mucho con la liberación femenina, pero aún queda harto camino por recorrer. Millones de mujeres siguen viviendo un tercio de su vida en función de la institución que durante los otros dos tercios no les garantiza ningún éxito, ninguna felicidad.

Pero volvamos al amor-pasión. Muchos, al enterarse de esta enfermedad y diagnosticársela, apelarán a la magia y a la fascinación con que nos aborda, las que tan bien describe González Prada en el soneto que hemos leído; y tendrán una respuesta inmediata: el goce lo compensa todo… Eso es algo que cada quien debe sopesar.

Pero es necesario tener presente que aun con todo lo dicho, contamos con una fisiología del enamoramiento, la cual no tiene porque hacerse disfuncional cuando se suprime ese apasionamiento, ese romanticismo que nos hace sufrir. El acercamiento a la persona escogida —por mecanismos biológicos y culturales de selección sexual— no va a dejar de inundar nuestro cerebro de dopamina, el neurotransmisor responsable de hacernos sentir en las nubes al primer contacto erótico con el galán o galana de turno. Y, aunque pueda activarse más de una vez, tenemos también una fisiología neuroquímica del amor maduro, ese que nos permite tener relaciones de toda una vida, compensando la fugacidad del vínculo puramente erótico del enamoramiento.****

Para concluir, es una cosa estar enfermo y otra distinta regodearse en la enfermedad, suponiéndola digna y notable. El amor que mata es enfermo, y esa enfermedad se hace endémica gracias a la ignorancia, a creer que sus dominios son un misterio lejano del entendimiento. Pero, en fin, quien se inclina por el sufrimiento banal, quien incluso se siente honrado por las innumerables secuelas que esto acarrea, que lo haga sabiendo al menos que su dolor es opcional.

* Oscar Wilde, “El ruiseñor y la rosa”.
** Aunque Linton se refiere con esto a la cultura norteamericana, fácilmente se puede aplicar a en sentido amplio a todo Occidente.
*** Para un mejor entendimiento de esto sugiero ver el siguiente documental: http://www.youtube.com/watch?v=Lo51BKwcEgc
**** Para más detalles sugiero ver el documental “Ciencia del sex appeal” de Discovery Channel, el cual se puede encontrar en Youtube. Cabe precisar que en dicho documental se llama “lujuria” a lo que en este post yo llamo “el vínculo puramente erótico del enamoramiento”, y “enamoramiento” a lo que yo aquí llamo “amor maduro”.